Ideología

La nueva contradicción vital de la derecha

«Lo que importa es tener claro que postular por una institución y renunciar al otro día, es traición. Si hubieran postulado solos, no serían diputados».

Estas fueron las palabras con las que Manuel Ossandón, senador de Renovación Nacional por Santiago oriente, se refirió en revista Capital a la fuga de exfiguras de su partido hacia el movimiento Amplitud.

En efecto, la formación de referentes políticos entre elecciones afecta la estabilidad del alineamiento político durante una legislatura, cuando el referente político surge como una escisión de un partido preexistente. No creo que sea traición, como dice Ossandón, pues cada quien (o cada «quienes») tiene el derecho de disentir en torno a una decisión de mesa del partido, máxime cuando una dirigencia pone a sus militantes contra la espada y la pared.

En efecto, si hubieran postulado solos, no serían congresistas (o cualquier autoridad electa: pensemos en alcaldes, concejales o consejeros), pues el partido les prestó a muchos de ellos la visibilidad para poder hacerse de una candidatura y hacerse elegibles.

¿Cuál es el problema entonces?

En la precampaña presidencial de 1999, el entonces exalcalde de Las Condes Joaquín Lavín transmitió un pensamiento sobre la política que se expandió a la opinión pública permeando incluso a la Concertación de esos días (y en los años posteriores): votemos por personas, no por el color político.

Esta práctica llevó al político a sentirse dueño de sus propios votos, de representar nada más que al pueblo que lo eligió. Se levantó una suerte de «independentismo», una asepsia ideológica que redujo al político a un dechado de virtudes, en lugar de proveerlo de cuestiones filosóficas un poco más complejas. Esto nos condujo a una matriz de decisión electoral basada simplemente en la confianza y en la gestión.

Un buen día, la cola de Carlos Larraín botó el perchero antes de cerrar la puerta de Renovación Nacional. Y cuando botó el perchero, se cayeron descolgados tres diputados recién reelectos y una senadora en la segunda mitad de su periodo. Los descolgados se agruparon en un movimiento, proclamando principios de renovación respecto de un partido que se les hizo cada vez más ajeno.

En efecto, el transfuguismo afecta los alineamientos (y, eventualmente, la estabilidad: por ejemplo, los colorines, durante el primer gobierno de Michelle Bachelet) de una legislatura.

No obstante lo anterior, fue la misma Alianza la que levantó el discurso del «independentismo», un discurso que pasó de los partidos a un candidato, una autoridad, un individuo: se personalizó la política y, con ello, también se crearon caudillos. Sin ir más lejos, de esta práctica se benefició el mismo Manuel Ossandón, cuando ganó la alcaldía de Puente Alto en 2000, cuando por todo el país el excandidato llamaba a que en cada comuna hubiera «un alcalde para Lavín».

¿Acaso Manuel Ossandón se cansó del propio discurso que lo hizo levantar una carrera política? ¿Se cansó de la forma como ganó elecciones desde 2000 hasta el escaño senatorial obtenido en noviembre pasado? Dejo planteada la próxima contradicción vital de la Alianza.

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