Ideología

Camilo Escalona: la vaguedad y el inmovilismo

Estos son fragmentos de una entrevista dada por el exsenador socialista Camilo Escalona a The Clinic en la edición del pasado jueves 21 de agosto.

UNO

«Con protagonistas que tienen una identidad diferente, puedo tener objetivos compartidos. Y no tengo que tratar de cambiar esa identidad, sino que la debo respetar e incluso promover, porque sólo de esa diversidad puede surgir la mayoría que se necesita».

La primera frase de Camilo Escalona es ambigua. Tan ambigua que de ella se pueden formular preguntas más que buscar respuestas.

¿Cuáles diferencias? ¿Cuáles objetivos? Porque no queda claro si son diferencias insalvables o diferencias accesorias. ¿Cuáles objetivos? Tampoco queda claro si son objetivos cívicos u objetivos ideológicos. Tampoco queda claro si no está siendo impropio, metiendo lo cívico en el cajón de lo ideológico y viceversa.

Ahora, vamos al inicio de la segunda frase. Las identidades no se tienen que cambiar (¡obvio!), pero el respeto es relativo. Y volvemos a las preguntas. ¿Toda postura merece el mismo respeto sólo por el hecho de existir? ¿Esa postura es respetuosa de la civilidad? Las inquietudes son relevantes en la medida que existen posturas que favorecen el debate político y otras que se encierran en sí mismas defendiendo fines corporativistas. Y son relevantes porque existen posturas homofóbicas o bien planteamientos que desconocen la democracia representativa, pretendiendo llevarse la pelota para su casa, cual Quico.

Por lo mismo, no se puede afirmar universalmente que toda postura merece el mismo respeto sólo por el hecho de existir. Quizá el parámerto más razonable para estimar el respeto proviene de la famosa frase de Ana María Polo, la árbitro de Caso Cerrado: «respete para que lo respeten».

Sigamos.

Cuando el exsenador se refiere a promover la identidad de otro, tampoco queda claro el punto. ¿Se trata de promover a una visión hegemónica que ya tiene suficiente con lo cual promoverse o se trata de promover visiones invisibilizadas por la hegemonía? Si fuera lo primero, ¿qué ganaría yo promoviendo una visión más poderosa que la mía? ¿Por qué debería hacerlo? ¿Es acaso la política un servicio de hotelería en el cual debo tratar al otro como si fuera mi pasajero? Si fuera lo segundo, ¿dónde están las visiones invisibilizadas que están siendo divulgadas en estos momentos?

Para peor, y yéndonos al final del enunciado de Escalona, si de la diversidad puede surgir la mayoría, ¿cuánta diversidad puede caber en la construcción de una mayoría sin que se supriman los aspectos esenciales de cada visión política? ¿Cuánto es el mínimo y cuánto es el máximo? Resulta importante hacerse estas preguntas, por cuanto una aspiración de maximizar las mayorías nos haría caer en el inmovilismo. Con ello, se corre el riesgo de anular el debate político antes de discutir siquiera los puntos controvertibles, ahorrándonos un debate, como si resultase más económico no debatir. Como si existiera una ilusión de ganancia política detrás del no debatir: la posibilidad de lograr una cohesión homogeneizante.

 

DOS

«Las sociedades (se) tienen que ir abriendo paso con un mayor grado de acuerdo a sus decisiones. No porque yo lo crea tengo que pensar que los demás están preparados para que eso se decida de esa forma».

¿Qué significa «un mayor grado de acuerdo»? Eventualmente, se trata de aglomerar intereses para lograr una mayoría circunstancial, desconociendo el propósito de la ideología en la política y la necesidad del debate entre ideologías para poder tener una política sana. Quizá se trate de convocar al «justo medio», la «unidad nacional» o alguna de esas expresiones monolíticas corporativistas que aún en 2014 nos persiguen y que consideran el debate una amenaza a la democracia (!).

Ahora bien, vamos a la coyuntura de los alineamientos en el Congreso Nacional. ¿Por qué, si formo parte de un sector progresista mayoritario, pienso que es más razonable convocar a un sector conservador para hacerlo sentir parte de mi proyecto político? ¿Por qué, para más sorpresa, debo confortar a dicho sector, morigerando mis propuestas si (téngase presente) soy mayoría y mi sector político fue elegido para llevar a cabo un programa político? Nuevamente, la pregunta del punto anterior: ¿Es acaso la política un ejercicio de hotelería?

Pareciera ser que Camilo Escalona naturalizó el «acuerdismo» de la transición a tal punto que estima adecuado perpetuar la práctica, pese a que su existencia se explicaba en la necesidad de hacer pasar leyes en tiempos cuando la entonces Concertación no disponía de las mayorías necesarias en el Congreso Nacional para poder hacer los cambios en la medida de lo deseable, merced al sistema electoral binominal (y, hasta los inicios de la década pasada, a los senadores designados). ¿Por qué ahora, cuando es la primera legislatura en 24 años que no necesita morigerar un programa político para poder pasar leyes en el Congreso, lo reivindica?

Continuemos.

¿Qué significa invocar el hecho de que un otro deba ser esperado para que los cambios políticos sean posibles? Eso significa considerar la existencia de bandos políticos rezagados en la cognición, los cuales deben ser esperados hasta que logren ser promovidos al nivel de aceptabilidad académica y, mientras ocurre eso, los demás movimientos políticos deben acomodar sus nalgas en la sala de espera mientras los adversarios están juntando las letras.

Además, la idea de esperar a que el otro «esté preparado» no se trata más que de esperar la unanimidad, cuando los gobiernos (ejem) gobiernan en función de mayorías. ¿En qué momento la búsqueda de la unanimidad hace algo más salvable? Este aserto de Escalona pretende reivindicar los avances políticos en función de los pasos de una tortuga símbolo de una verdad única.Nuevamente, los tintes corporativistas y la pretensión de garantizar la cohesión de la identidad nacional.

 

TRES

«Yo no quiero que se desate la intolerancia en Chile y he visto que se puede desatar».

Escalona considera una apertura del debate político como la puerta de entrada a la «intolerancia». ¿En qué momento el debate político pasó a ser la puerta de entrada para una guerra civil? ¿Es que acaso la disputa por el poder sólo puede ser una guerra santa entre ideas antagónicas? ¿Acaso el debate político debe ser hecho a cuentagotas para evitar exaltar a algún contradictor?

Resulta inadecuado acusar la falacia de «la intolerancia de los intolerantes» con el objetivo de hacer más lento el paso, con el fin de satisfacer al interlocutor con servicios de hotelería. Eso que se denomina «la intolerancia de los intolerantes», en virtud de las condiciones de enunciación, no es más que la confusión y la incapacidad de distinguir entre ideología y procedimiento.

Porque la ideología es lo que se puede controvertir y disputar, mientras que el procedimiento es una cuestión espacial, en donde se desenvuelven y conviven las ideologías. Por lo mismo, meter al saco de las ideologías cuestiones procedimentales nos lleva a cuestiones de guerra santa. En consecuencia, poner en entredicho el procedimiento (el ejemplo más básico: los Derechos Humanos) resulta cívicamente impropio. Plantear que un contradictor tiene un pensamiento errado por lógica o por estar reñido con la incivilidad no implica un ejercicio de intolerancia, sino uno de denuncia cívica. Y no es responsable cívicamente darles cabida a todas las expresiones por el hecho de existir, sino que estas deben mantenerse en un marco de respeto y voluntad de convivencia.

Volviendo a Ana María Polo, «respete para que lo respeten».

 

FINAL

Las confusiones del exsenador socialista incuban los fantasmas de discusiones intestinas que niegan al otro. Sin embargo, dichas discusiones parten de la base de que en el espacio público sólo hay espacio para una verdad. Aquello es falso. La distorsión política estriba en que nosotros asumimos dicha falsedad como un hecho cierto, esencialmente, por el hecho de provenir de países con matriz católica, una religión codificada, a diferencia del protestantismo (recurriendo a Loris Zanatta).

En nuestro espacio público, caben diferentes perspectivas, caben las mayorías, cabe el respeto a que las mayorías se ejerzan, cabe el derecho a que esas mayorías dejen de serlo y puedan ser controvertidas y deslegitimadas sin que ello sea considerado sedicioso (es decir, que pierdan la confianza del respetable: Sebastián Piñera, en agosto de 2011, o el caso más extremo de Fernando de la Rúa en Argentina, en diciembre de 2001), cabe el derecho de las minorías de tener vocación de mayorías y procurar conquistar el poder. Cabe el derecho de discutir. Cabe el derecho de estar en democracia y de hacer las luchas que estimemos convenientes por abrir las fronteras.

Camilo Escalona queda expuesto en su anacronismo, en su escasa noción de convivencia cívica, en su tolerancia hacia el corporativismo, en su entreguismo y (lástima para él) en su ignorancia.

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