En boca de muchos

Invocar elitismo para amordazar discusiones

«Es que esas son discusiones de élite».

Esta frase parte de un supuesto: que las discusiones políticas sólo son válidas en la medida que éstas puedan ser comprendidas por la mayor parte de personas posible. De otra forma, son irrelevantes y deben quedar confinadas en el cajón de las «pajas mentales».

Quienes trazan esta frontera del elitismo descalifican la legitimidad de una controversia a partir de una actitud laissez-faire intelectual llevada al paroxismo, según la cual cada persona debe pensar por sí sola al punto de que debe llegar por sí sola a sus propias conclusiones en la medida de las habilidades cognitivas que disponga. Y si no llega la suficiente cantidad de personas a participar de una discusión, ésta se clausura por falta de un cuórum arbitrariamente imaginado.

Pero no. Todos las controversias tienen derecho de ser planteadas. Todos los temas pueden ser pensados más allá de la academia, de una junta de vecinos o de una organización no gubernamental. El planteamiento de una controversia es legítimo, como también lo es convocar a la ciudadanía (sea ésta afectada o no por este problema) a formar parte y a adoptar una opinión.

Sin embargo, como ya se dijo, una persona ajena a una controversia no siempre tendrá las habilidades para descubrir por sí misma la existencia de una controversia en su entorno, pero además es posible que tampoco comprenda necesariamente las raíces sociales y culturales de tal controversia.

Y la carencia de dichas habilidades no debe ser asumida como el rechazo a priori de una persona a involucrarse y a formarse una opinión en una controversia, pues someter la carencia de estas habilidades a parámetros de elección iguala un aspecto político a la misma lógica que determina la popularidad de un programa de televisión según el rating que marca.

Dado que los problemas existen independientemente de que nosotros los percibamos (o bien tengamos conciencia de los mismos), éstos no pueden ser invisibilizados por el solo hecho de que no estén masivamente concienciados. La realidad de nuestro entorno no son facetas elegibles como si ésta se tratara de un producto. El hecho de no prestar atención sobre una faceta de nuestro entorno no hace que esta faceta desaparezca con el tiempo. Y suponerlo invisibiliza la responsabilidad de la educación cívica, ahogada por el supuesto de que la formación ciudadana es adoctrinante.

Además, pensar que los problemas sólo existen cuando se tiene masiva conciencia de éstos lleva consigo una peligrosa idea: que la conciencia se mueve de forma orgánica. Falso. No siempre se tiene la fortuna de descubrir por uno mismo un error dentro de un entorno cuyos usos y costumbres son tenidos por algo natural.

Esa es la función de la educación cívica: difundir a la comunidad la existencia de problemas de los cuales no se tenía previa conciencia, por cuanto eran asumidos como una cuestión natural. Sin ir más lejos, antiguamente, se creía que la mujer era inferior al hombre en dignidad y, más recientemente, se hablaba de lo homosexual como «invertido». Y qué fue si no la educación cívica lo que cambió las percepciones de la ciudadanía.

La conciencia de algo no debe quedar a merced de lo preexistente.

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La humillación del comunicado

Luego del atentado al centro comercial junto a la estación de metro Escuela Militar, empezaron a difundirse sucesivamente los comunicados de prensa de los diferentes partidos, grupos políticos y organizaciones manifestando su repudio al atentado.

Ya se está haciendo un hábito la profusa emisión de comunicados de prensa de repudio en cuanto ocurre algún hecho de violencia con presuntas bases ideológicas (casi siempre, de izquierda).

El problema no está en que una organización exprese su repudio. El problema está en el ambiente que conduce a ese comunicado: pareciera que hay movimientos (casi siempre, a organizaciones más allegadas a la izquierda) forzados por la fuerza de la opinión pública a emitir dicho repudio. Pareciera que el comunicado no busca informar el repudio, sino informar ante los medios de comunicación un desmentido. Como si el responsable del atentado estuviera ubicado entre quienes no publicaron su comunicado, mediante eliminación de sospechosos.

Como si no sonara lo suficientemente humillante, el comunicado debe emitirse lo más rápido posible, como si se tratara de un control preventivo de daños, para llegar primero a decir «lo repudiamos, ¡pero yo no fui!» La idea es no pagar el precio de quedar como apologistas por la idea de abstenerse de divulgar el repudio.

Para peor, el repudio debe ser expresado de forma simplona. Es imperativo decir «categórico rechazo», para no quedar entrampado en los matices. Porque el mensaje debe estar desprovisto de matices: lo más blanco posible, pues cualquier gris implica una mancha de negro.

En consecuencia, en momentos como estos, no se puede hablar de las razones de la violencia. Cualquier expresión contextual de la realidad cultural pasa a ser acusada ex ante de relativización del hecho sobre el cual se informa el repudio.

Y no pareciera cuestionarse por qué se ha naturalizado un discurso de repudio desprovisto de cualquier contextualización. No pareciera tenerse en cuenta que el repudio unívoco (como si todos los comunicados tuvieran que decir exactamente lo mismo) resulta totalitario.

Pareciera que discutir estos parámetros de repudio unívoco es una subversión (!), subversión que entorpece la comprensión del espacio público en el cual estamos. Y no. No es una subversión, sino denunciar una censura, pues las posibilidades del espacio público resultan ser más amplias que las de un simple «rechazo sin matices».

Simplificar hasta estos puntos la comunicación infantiliza a la ciudadanía.

Mientras más unívocos sean los planteamientos que fundamentan cada repudio, más se está avalando a una visión hegemónica y más se invisibilizan las complejidades detrás de una acción política controvertible.

En lugar de que los comunicados ofrezcan a los ciudadanos explicaciones de la realidad, ofrecen reduccionismos y caricaturas. Quienes están más a la izquierda, parecieran estar presionados por las fuerzas ubicadas más hacia la derecha, como si estas últimas estuvieran esperando cualquier posibilidad para acusar a sus contrapartes de ayudistas de un discurso violentista y terrorista.

Cada comunicado de repudio debe estar en la medida de las convicciones ideológicas de cada organización. Y los matices que cada organización proponga deben explicar a la ciudadanía por qué las cosas no son tan simples como parecieran ser. Y las contrapartes no deben usar estas explicaciones como una relativización de la violencia, sino como una fundamentación de las razones que nos conducen a la violencia. Las contrapartes, además, deberán evitar colaborar con la simplonería política, por lo cual les tocará abstenerse de calificar a estas explicaciones como apología de la violencia, pues eso no es más que una torcedura de la realidad convenientemente mañosa.

Es necesario que las expresiones de repudio incorporen mejores razones. Las ideologías no pueden sufrir la microagresión del prejuicio de la comunidad, alimentada por sectores más reaccionarios.

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La oposición social

Recuerden en los tiempos cuando Pablo Longueira era el candidato de la UDI a las primarias presidenciales (antes de renunciar; después de que la opción a La Moneda de Laurence Golborne se volviera inviable, tras las cuentas detectadas en un paraíso fiscal). Entonces, el exministro de Desarrollo Social Joaquín Lavín declaraba la razón por la cual Longueira era mejor que Andrés Allamand.

«Allamand apunta al centro político, en cambio Pablo apunta al centro social».

Los dos son el «centro». ¿Pero de qué se habla cuando se habla del «centro»? Se habla, primero, de la vocación aglomerante que habita las mentes de nuestros políticos más conservadores; segundo, de ubicar a través de un lugar en el espectro político el «sentido común», «el justo medio». El autoproclamado «centro» instrumentaliza el eje izquierda/derecha para definir una polaridad alternativa, como si dicho «centro» fuera el prisma desde el cual se descomponen los colores de las variaciones ideológicas. En consecuencia, los autoproclamados pueden perfectamente entroncar el «conservadurismo» con cuestiones de «neutralidad» (ejem, El Ladrillo), «objetividad» y «racionalidad».

Ahora bien, los mismos autores de esta cómoda y privilegiada posición en el espectro político han inaugurado un nuevo concepto: «la oposición social».  Esta expresión surgió en un seminario ocurrido el lunes pasado en el antiguo Congreso Nacional de Santiago, en el cual participaban principalmente figuras vinculadas a la Alianza y, particularmente, a la Unión Demócrata Independiente.

¿Qué quiere decir la invocación a lo «social»? Recurriendo a Lavín-hablando-de-Longueira, lo «social» es una oposición a lo «político». Nuevamente, una polaridad artificial levantada por los prismas arrogados. ¿En qué consiste esta polaridad? En que lo «político» es algo desconectado de lo «social». Lo «político» sería la discusión técnica, de cuya ocupación deben hacerse cargo «los expertos», voto de confianza (ciega y permanente) mediante de la comunidad; mientras tanto, lo «social» se trata de lo comunitario y lo doméstico. En consecuencia, en el lexicon aliancista, lo «social» se reduce a la búsqueda de la empatía forzada como procedimiento burocrático.

Precisamente, esta férrea delimitación los dejó perplejos.

Expresiones como «oposición social» no significan tanto por lo que afirman, sino por lo que niegan. Esta enunciación esconde la sorpresa de los líderes opositores al ver a «la gente» preocupada de «lo político», de esas cosas más complicadas cuyas decisiones solían dejar a la determinación y confinamiento de «los expertos». Como si les sorprendiera la existencia de un electorado más allá de las dádivas de campaña y el clientelismo. Como si les sorprendiera la posibilidad de organizarse en cuanto se tiene conciencia de horizontalidad. Como si les sorprendiera una organización social como la CONFEPA (cuyo ruido, en todo caso, ha perdido bastantes decibeles conforme han pasado las semanas), defendiendo los ideales de derecha.

Volviendo a la perplejidad, surge una pregunta: ¿Acaso, hasta ahora, jamás habían visto a la ciudadanía como un par? ¿Por eso están sorprendidos?

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Legisladores todoterreno

«Conocer el terreno».

Esta frase sintetiza la glorificación del relato en primera persona en la política, como si el político transmutara en héroe legendario en estado de travesía. Esta frase complace una noción desdeñosa de «los papers» y de la «política de escritorio», pues éstos nublan la comprensión de la realidad, sobre supuestos lindantes con el «yo lo vi; no me lo contaron». Para el diputado Felipe Kast, por ejemplo, se trata de la pega más enriquecedora como legislador.

Pues bien, y lamentablemente para Kast, la comprensión de los problemas de la gente puede tener una utilidad en tanto que se tengan las competencias académicas y disciplinarias para poder entender los problemas de la gente (un sociólogo o un trabajador social disponen de herramientas metodológicas para comprender la realidad y poder elaborar algo a partir de esa comprensión). Más aún tratándose de un legislador, quien necesita rigurosos trasfondos técnicos y filosóficos para poder sustentar los proyectos de ley que desee proponer.

A diferencia de un alcalde, un legislador no puede determinar acciones para una comunidad tan directamente. Lo de un legislador no se trata de gestionar la instalación de luminarias o el levantamiento de una plaza: el campo de la responsabilidad de su cargo implica, ejem, la legislación. Y a un congresista le toca una pega más abstracta. Y no es algo opcional, sino la razón de ser de su investidura.

Esta percepción del «terreno» como lo concreto termina vinculando semánticamente al «escritorio» como lo abstracto. A partir de este punto, surgen distorsiones comprensivas que afectan el rigor argumental de las autoridades políticas. Formuladas como preguntas, a saber:

¿Se puede decidir una política pública y sugerir sobre la misma solamente a partir de las percepciones de la gente? ¿No tenderán esas percepciones a ser sesgadas complacientemente por el operador político a cargo del acto mediante el cual el legislador tendrá contacto con la gente?

¿Invocar «lo que me dice la gente» no termina siendo un circuito de reafirmación de lo concreto, de que sólo hay lo que se ve y nada más, por encima de cuestiones más abstractas, como la filosofía detrás de una política o el ethos de las personas afectadas por una política determinada existente o potencial?

¿No termina siendo toda esta reafirmación de lo concreto la erección autocomplaciente de un «sentido común» que separe a otras ideas y a otros planteamientos, por estar ajenos de lo «concreto» y así acusarlos de «ideologizados», como si se tratara de una amenaza a la voluntad por cohesionarse en torno a un discurso sensualmente consensual?

¿La política en primera persona no termina siendo (por presión social de «lo deseable» en la figura de un político) la búsqueda de la empatía forzada como un procedimiento burocrático, cual danza de apareamiento entre el legislador y su pueblo, sea este el de su territorio o el de otro?

Citaré las palabras del senador de Renovación Nacional Manuel Ossandón, publicadas en su página de Facebook.

«Ayer estuve en Punta Arenas por el día y la experiencia recogida fue extraordinaria. Me invitaron porque se inauguraba la sede de RN de esa ciudad, pero aproveché la oportunidad y le pedí (sic) a los organizadores que me llevaran a una junta de vecinos pues sé por experiencia que ahí sí podría conocer la realidad de los puntarenenses. La verdad no me equivoqué. (…) La conversación queridos amigos me dejó con más ánimo para trabajar, por mi experiencia como alcalde sé que la calle es lo que me permitirá no meterme en esa burbuja en que muchas veces los políticos se instalan».

Veamos las unidades que se vinculan con lo señalado anteriormente.

  • «Experiencia recogida»: la travesía del héroe.
  • «(Ir a equis lugar para) conocer la realidad»: afirmación y reafirmación de lo concreto.
  • «No me equivoqué»: reafirmación de que la creencia es la correcta.
  • «La calle es lo que me permitirá no meterme en esa burbuja»: definirse por oposición a cuanto es considerado «política de escritorio»; reafirmar el desdén hacia lo abstracto.

Las cualidades «todoterreno» de los legisladores procuran delimitar una superioridad moral en base a la experiencia propia. Sin embargo, esto equivale a considerar que cualquier intento de acumulación de relatos sin mayor metodología e insumo teórico que la intuición puede calificar como investigación. Nada muy distinto a las «investigaciones» de Pilar Sordo.

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