En boca de muchos

Legisladores todoterreno

«Conocer el terreno».

Esta frase sintetiza la glorificación del relato en primera persona en la política, como si el político transmutara en héroe legendario en estado de travesía. Esta frase complace una noción desdeñosa de «los papers» y de la «política de escritorio», pues éstos nublan la comprensión de la realidad, sobre supuestos lindantes con el «yo lo vi; no me lo contaron». Para el diputado Felipe Kast, por ejemplo, se trata de la pega más enriquecedora como legislador.

Pues bien, y lamentablemente para Kast, la comprensión de los problemas de la gente puede tener una utilidad en tanto que se tengan las competencias académicas y disciplinarias para poder entender los problemas de la gente (un sociólogo o un trabajador social disponen de herramientas metodológicas para comprender la realidad y poder elaborar algo a partir de esa comprensión). Más aún tratándose de un legislador, quien necesita rigurosos trasfondos técnicos y filosóficos para poder sustentar los proyectos de ley que desee proponer.

A diferencia de un alcalde, un legislador no puede determinar acciones para una comunidad tan directamente. Lo de un legislador no se trata de gestionar la instalación de luminarias o el levantamiento de una plaza: el campo de la responsabilidad de su cargo implica, ejem, la legislación. Y a un congresista le toca una pega más abstracta. Y no es algo opcional, sino la razón de ser de su investidura.

Esta percepción del «terreno» como lo concreto termina vinculando semánticamente al «escritorio» como lo abstracto. A partir de este punto, surgen distorsiones comprensivas que afectan el rigor argumental de las autoridades políticas. Formuladas como preguntas, a saber:

¿Se puede decidir una política pública y sugerir sobre la misma solamente a partir de las percepciones de la gente? ¿No tenderán esas percepciones a ser sesgadas complacientemente por el operador político a cargo del acto mediante el cual el legislador tendrá contacto con la gente?

¿Invocar «lo que me dice la gente» no termina siendo un circuito de reafirmación de lo concreto, de que sólo hay lo que se ve y nada más, por encima de cuestiones más abstractas, como la filosofía detrás de una política o el ethos de las personas afectadas por una política determinada existente o potencial?

¿No termina siendo toda esta reafirmación de lo concreto la erección autocomplaciente de un «sentido común» que separe a otras ideas y a otros planteamientos, por estar ajenos de lo «concreto» y así acusarlos de «ideologizados», como si se tratara de una amenaza a la voluntad por cohesionarse en torno a un discurso sensualmente consensual?

¿La política en primera persona no termina siendo (por presión social de «lo deseable» en la figura de un político) la búsqueda de la empatía forzada como un procedimiento burocrático, cual danza de apareamiento entre el legislador y su pueblo, sea este el de su territorio o el de otro?

Citaré las palabras del senador de Renovación Nacional Manuel Ossandón, publicadas en su página de Facebook.

«Ayer estuve en Punta Arenas por el día y la experiencia recogida fue extraordinaria. Me invitaron porque se inauguraba la sede de RN de esa ciudad, pero aproveché la oportunidad y le pedí (sic) a los organizadores que me llevaran a una junta de vecinos pues sé por experiencia que ahí sí podría conocer la realidad de los puntarenenses. La verdad no me equivoqué. (…) La conversación queridos amigos me dejó con más ánimo para trabajar, por mi experiencia como alcalde sé que la calle es lo que me permitirá no meterme en esa burbuja en que muchas veces los políticos se instalan».

Veamos las unidades que se vinculan con lo señalado anteriormente.

  • «Experiencia recogida»: la travesía del héroe.
  • «(Ir a equis lugar para) conocer la realidad»: afirmación y reafirmación de lo concreto.
  • «No me equivoqué»: reafirmación de que la creencia es la correcta.
  • «La calle es lo que me permitirá no meterme en esa burbuja»: definirse por oposición a cuanto es considerado «política de escritorio»; reafirmar el desdén hacia lo abstracto.

Las cualidades «todoterreno» de los legisladores procuran delimitar una superioridad moral en base a la experiencia propia. Sin embargo, esto equivale a considerar que cualquier intento de acumulación de relatos sin mayor metodología e insumo teórico que la intuición puede calificar como investigación. Nada muy distinto a las «investigaciones» de Pilar Sordo.

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Ideología

Camilo Escalona: la vaguedad y el inmovilismo

Estos son fragmentos de una entrevista dada por el exsenador socialista Camilo Escalona a The Clinic en la edición del pasado jueves 21 de agosto.

UNO

«Con protagonistas que tienen una identidad diferente, puedo tener objetivos compartidos. Y no tengo que tratar de cambiar esa identidad, sino que la debo respetar e incluso promover, porque sólo de esa diversidad puede surgir la mayoría que se necesita».

La primera frase de Camilo Escalona es ambigua. Tan ambigua que de ella se pueden formular preguntas más que buscar respuestas.

¿Cuáles diferencias? ¿Cuáles objetivos? Porque no queda claro si son diferencias insalvables o diferencias accesorias. ¿Cuáles objetivos? Tampoco queda claro si son objetivos cívicos u objetivos ideológicos. Tampoco queda claro si no está siendo impropio, metiendo lo cívico en el cajón de lo ideológico y viceversa.

Ahora, vamos al inicio de la segunda frase. Las identidades no se tienen que cambiar (¡obvio!), pero el respeto es relativo. Y volvemos a las preguntas. ¿Toda postura merece el mismo respeto sólo por el hecho de existir? ¿Esa postura es respetuosa de la civilidad? Las inquietudes son relevantes en la medida que existen posturas que favorecen el debate político y otras que se encierran en sí mismas defendiendo fines corporativistas. Y son relevantes porque existen posturas homofóbicas o bien planteamientos que desconocen la democracia representativa, pretendiendo llevarse la pelota para su casa, cual Quico.

Por lo mismo, no se puede afirmar universalmente que toda postura merece el mismo respeto sólo por el hecho de existir. Quizá el parámerto más razonable para estimar el respeto proviene de la famosa frase de Ana María Polo, la árbitro de Caso Cerrado: «respete para que lo respeten».

Sigamos.

Cuando el exsenador se refiere a promover la identidad de otro, tampoco queda claro el punto. ¿Se trata de promover a una visión hegemónica que ya tiene suficiente con lo cual promoverse o se trata de promover visiones invisibilizadas por la hegemonía? Si fuera lo primero, ¿qué ganaría yo promoviendo una visión más poderosa que la mía? ¿Por qué debería hacerlo? ¿Es acaso la política un servicio de hotelería en el cual debo tratar al otro como si fuera mi pasajero? Si fuera lo segundo, ¿dónde están las visiones invisibilizadas que están siendo divulgadas en estos momentos?

Para peor, y yéndonos al final del enunciado de Escalona, si de la diversidad puede surgir la mayoría, ¿cuánta diversidad puede caber en la construcción de una mayoría sin que se supriman los aspectos esenciales de cada visión política? ¿Cuánto es el mínimo y cuánto es el máximo? Resulta importante hacerse estas preguntas, por cuanto una aspiración de maximizar las mayorías nos haría caer en el inmovilismo. Con ello, se corre el riesgo de anular el debate político antes de discutir siquiera los puntos controvertibles, ahorrándonos un debate, como si resultase más económico no debatir. Como si existiera una ilusión de ganancia política detrás del no debatir: la posibilidad de lograr una cohesión homogeneizante.

 

DOS

«Las sociedades (se) tienen que ir abriendo paso con un mayor grado de acuerdo a sus decisiones. No porque yo lo crea tengo que pensar que los demás están preparados para que eso se decida de esa forma».

¿Qué significa «un mayor grado de acuerdo»? Eventualmente, se trata de aglomerar intereses para lograr una mayoría circunstancial, desconociendo el propósito de la ideología en la política y la necesidad del debate entre ideologías para poder tener una política sana. Quizá se trate de convocar al «justo medio», la «unidad nacional» o alguna de esas expresiones monolíticas corporativistas que aún en 2014 nos persiguen y que consideran el debate una amenaza a la democracia (!).

Ahora bien, vamos a la coyuntura de los alineamientos en el Congreso Nacional. ¿Por qué, si formo parte de un sector progresista mayoritario, pienso que es más razonable convocar a un sector conservador para hacerlo sentir parte de mi proyecto político? ¿Por qué, para más sorpresa, debo confortar a dicho sector, morigerando mis propuestas si (téngase presente) soy mayoría y mi sector político fue elegido para llevar a cabo un programa político? Nuevamente, la pregunta del punto anterior: ¿Es acaso la política un ejercicio de hotelería?

Pareciera ser que Camilo Escalona naturalizó el «acuerdismo» de la transición a tal punto que estima adecuado perpetuar la práctica, pese a que su existencia se explicaba en la necesidad de hacer pasar leyes en tiempos cuando la entonces Concertación no disponía de las mayorías necesarias en el Congreso Nacional para poder hacer los cambios en la medida de lo deseable, merced al sistema electoral binominal (y, hasta los inicios de la década pasada, a los senadores designados). ¿Por qué ahora, cuando es la primera legislatura en 24 años que no necesita morigerar un programa político para poder pasar leyes en el Congreso, lo reivindica?

Continuemos.

¿Qué significa invocar el hecho de que un otro deba ser esperado para que los cambios políticos sean posibles? Eso significa considerar la existencia de bandos políticos rezagados en la cognición, los cuales deben ser esperados hasta que logren ser promovidos al nivel de aceptabilidad académica y, mientras ocurre eso, los demás movimientos políticos deben acomodar sus nalgas en la sala de espera mientras los adversarios están juntando las letras.

Además, la idea de esperar a que el otro «esté preparado» no se trata más que de esperar la unanimidad, cuando los gobiernos (ejem) gobiernan en función de mayorías. ¿En qué momento la búsqueda de la unanimidad hace algo más salvable? Este aserto de Escalona pretende reivindicar los avances políticos en función de los pasos de una tortuga símbolo de una verdad única.Nuevamente, los tintes corporativistas y la pretensión de garantizar la cohesión de la identidad nacional.

 

TRES

«Yo no quiero que se desate la intolerancia en Chile y he visto que se puede desatar».

Escalona considera una apertura del debate político como la puerta de entrada a la «intolerancia». ¿En qué momento el debate político pasó a ser la puerta de entrada para una guerra civil? ¿Es que acaso la disputa por el poder sólo puede ser una guerra santa entre ideas antagónicas? ¿Acaso el debate político debe ser hecho a cuentagotas para evitar exaltar a algún contradictor?

Resulta inadecuado acusar la falacia de «la intolerancia de los intolerantes» con el objetivo de hacer más lento el paso, con el fin de satisfacer al interlocutor con servicios de hotelería. Eso que se denomina «la intolerancia de los intolerantes», en virtud de las condiciones de enunciación, no es más que la confusión y la incapacidad de distinguir entre ideología y procedimiento.

Porque la ideología es lo que se puede controvertir y disputar, mientras que el procedimiento es una cuestión espacial, en donde se desenvuelven y conviven las ideologías. Por lo mismo, meter al saco de las ideologías cuestiones procedimentales nos lleva a cuestiones de guerra santa. En consecuencia, poner en entredicho el procedimiento (el ejemplo más básico: los Derechos Humanos) resulta cívicamente impropio. Plantear que un contradictor tiene un pensamiento errado por lógica o por estar reñido con la incivilidad no implica un ejercicio de intolerancia, sino uno de denuncia cívica. Y no es responsable cívicamente darles cabida a todas las expresiones por el hecho de existir, sino que estas deben mantenerse en un marco de respeto y voluntad de convivencia.

Volviendo a Ana María Polo, «respete para que lo respeten».

 

FINAL

Las confusiones del exsenador socialista incuban los fantasmas de discusiones intestinas que niegan al otro. Sin embargo, dichas discusiones parten de la base de que en el espacio público sólo hay espacio para una verdad. Aquello es falso. La distorsión política estriba en que nosotros asumimos dicha falsedad como un hecho cierto, esencialmente, por el hecho de provenir de países con matriz católica, una religión codificada, a diferencia del protestantismo (recurriendo a Loris Zanatta).

En nuestro espacio público, caben diferentes perspectivas, caben las mayorías, cabe el respeto a que las mayorías se ejerzan, cabe el derecho a que esas mayorías dejen de serlo y puedan ser controvertidas y deslegitimadas sin que ello sea considerado sedicioso (es decir, que pierdan la confianza del respetable: Sebastián Piñera, en agosto de 2011, o el caso más extremo de Fernando de la Rúa en Argentina, en diciembre de 2001), cabe el derecho de las minorías de tener vocación de mayorías y procurar conquistar el poder. Cabe el derecho de discutir. Cabe el derecho de estar en democracia y de hacer las luchas que estimemos convenientes por abrir las fronteras.

Camilo Escalona queda expuesto en su anacronismo, en su escasa noción de convivencia cívica, en su tolerancia hacia el corporativismo, en su entreguismo y (lástima para él) en su ignorancia.

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Ideología

El miedo de quedarse a la derecha

LA EVIDENCIA

Andrés Velasco, lunes 26 de agosto, en Radio Cooperativa:

«Yo respeto mucho a Ignacio Walker y comparto con él gran parte de las críticas que ha planteado a la reforma tributaria y educacional. Así es que nuestro domicilio político es bien similar. (…) Mi domicilio es la centro izquierda, hemos buscado que la Nueva Mayoría acoja las ideas de centro, de modo que no se transforme en una alianza de izquierda donde algunos quieren echar mano a la aplanadora, retroexcavadora, para pasar por encima de quienes piensan distinto».

Ricardo Lagos Escobar, martes 27 de agosto, en seminario ICARE:

«Todo aquello que es concesionable, que se concesione. Y todo aquello que sea financiable por privados, que se libere».

 

LA DISTRIBUCIÓN

Un problema histórico en Chile ha sido la dificultad de delimitar el espectro político dentro de las ideologías que existen. De derecha a izquierda, trataré de enunciarlos en orden (quizá tenga a alguno desplazado de lugar: sepan perdonar la ignorancia). Tenemos el nacionalcatolicismo (es decir, el pinochetismo), el populismo de derecha, el conservadurismo, el socialcristianismo, el liberalismo, el socioliberalismo, la tercera vía, la socialdemocracia, el eurocomunismo, el comunismo, el autonomismo, el socialismo del siglo XXI, el trotskismo, el libertarismo, entre otros movimientos intermedios y a los extremos de cada uno de los enunciados. Insisto: no ubico todos los matices y no es una intención peyorativa el no divulgarlos; es sólo ignorancia.

Nuestro país tiende a la aglomeración ideológica. En consecuencia, el «centro político» se determina en la medida de cuántos grupos están dispuestos a aglomerarse en torno a una hegemonía, en lugar de disputarse los espacios de poder.

A partir de ese centro, se determina quién es la izquierda y quién es la derecha. O la centro izquierda y la centro derecha. El «centro», discursivamente, se arroga el sentido común (una expresión que alcanza para otro artículo) y el «justo medio» frente a las visiones polarizadas.

Si del liberalismo sin apellidos hacia la derecha, «El Ladrillo» mediante, se arroga el «justo medio», tenderá a ubicar sus posturas en la centro derecha e insistirán que están recurriendo a la aglomeración por el centro, del discurso del «sentido común». Por cuestión de bordes (el pinochetismo se agrupa a sí mismo en la «centro derecha»), no existirá la «extrema derecha» dentro del discurso, pero sí existirá la «extrema izquierda», esta última será una abstracción configurada como el monstruo (¡el cuco!) de quienes detentan el «justo medio».

Si nos involucramos con los parámetros OCDE, especulo que es posible que el socioliberalismo forme parte de la centro derecha y la gradiente derechista se mueva hacia los sectores previamente enunciados más conservadores. La tercera vía, por su parte, tomará el rol de centro. La socialdemocracia, mientras tanto, estará en la centro izquierda y la gradiente izquierdista se moverá hacia las sucesivas perspectivas.

 

EL DISCURSO

Entendido lo anterior, los discursos del excandidato presidencial Andrés Velasco y del expresidente Ricardo Lagos Escobar plantean una ubicación ideológica pretendida. Y, a su vez, cómo esta ubicación no se condice con la realidad. La duda razonable es por qué han insistido en el último momento en mantener una declaración de pertenencia que les es ajena en los hechos.

Velasco y Lagos Escobar buscan apropiarse de una interpretación semántica de «centro izquierda» para excluir otras visiones que buscan allegarse a ella, para evitar que otras opciones se apropien del amable concepto de «centro izquierda» y, eventualmente, evitar que estas otras visiones los arrinconen hacia la derecha.

Mientras Velasco expulsa en su enunciación lo que le parece discordante del concepto de «centro izquierda», Lagos Escobar invoca su doble militancia partidaria entre socialista e integrante del Partido por la Democracia y ejerce un principio de autoridad sobre su trayectoria política para afirmar que las concesiones son una cuestión razonable, ergo, propia de alguien que milite en la centro izquierda (o quizá más que sólo centro izquierda).

Por el lado de Velasco, él pareciera pretender reivindicar para la realidad chilena una polaridad más cercana a la estadounidense, en donde existen el Partido Republicano (todo cuanto podríamos meter dentro de la Alianza, rebautizada recientemente como Coalición por la Libertad Lamarque) y el Partido Demócrata, referente cuya frontera izquierdista está en la tercera vía. Esta polaridad se basa en la identidad de un país que ha unificado posturas en torno a un modelo económico en particular, así como las formas como el Estado distribuye la riqueza.

El problema de Velasco: su planteamiento no ha lugar. El exministro de Hacienda no puede clausurar la existencia de una socialdemocracia (y cuanto pensamiento político continúe a su izquierda) ni clausurar su derecho de participar en la discusión política con igual legitimidad, por puro capricho, por el principio de autoridad que algún ente le hubiera conferido o por el voluntarismo de hacer encajar una polaridad ideológica foránea a nuestra idiosincrasia. No puede arrogarse el «justo medio» (porque no existe) ni el «sentido común» (una falacia del hombre de paja, a estos efectos) para poder descalificar a sus interlocutores a la izquierda de la Nueva Mayoría.

Y Lagos Escobar dice estas palabras justo cuando desde el Ministerio de Salud se están controvirtiendo las concesiones hospitalarias, materia de interés para Obras Públicas; precisamente, la cartera la cual le sirvió de trampolín al expresidente.

En vulgar, a Lagos no le está gustando que le meen el asado de su legado político, del cual hace charlas alrededor del mundo: el legado de la relevancia de la tercera vía, una relevancia lo suficientemente fuerte como para poder cooptar a los partidos socialistas, en desmedro de los planteamientos socialdemócratas.

A través de sus expresiones, marca indirectamente distancia de la presidenta Michelle Bachelet y del discurso mayoritario de la Nueva Mayoría, desdeñoso de las concesiones y del Estado subsidiario. A su vez, Lagos insiste majaderamente en la reconciliación ideológica de ciertas izquierdas de cierto momento de la historia con los planteamientos de derecha (¿aló, Felipe González?), cual es la tercera vía.

 

SINCRONÍA Y DIACRONÍA

Recordando a Ferdinand de Saussure, existe lo sincrónico y lo diacrónico. Lo sincrónico corresponde a la lengua en el momento mismo de la enunciación y lo diacrónico, a la evolución de la lengua a través del tiempo.

Tanto en Velasco como en Lagos está la sensación de que el concepto de «centro izquierda» les es propio. Que el «no derechismo» les es propio. Ellos fueron parte de un concepto en un momento de la historia (lo sincrónico) y desearían que ese discurso proclamado de «estar en la (centro) izquierda» se mantuviera a través del tiempo (lo diacrónico), con el objetivo de preservar la legitimidad de su discurso.

El problema: la historia les pasó por el costado, mientras sus discursos se mantuvieron fijos, fosilizados. Derivado de lo anterior, se quedaron a la derecha de sus puntos de referencia; justo desde el momento cuando emergieron esas visiones de izquierda que se mantuvieron invisibilizadas durante sus tiempos de liderazgo. Por un lado, el socioliberalismo mantiene buenas relaciones dialécticas con el piñerismo; por el otro, la tercera vía ha sido cuestionada en el discurso de la Nueva Mayoría, actual ubicación (dentro de la polaridad sincrónica) de la centro izquierda.

En lugar de asumir que sus planteamientos se allegan más a la derecha, prefieren invocar el secuestro de la memoria: que fueron exiliados, que votaron por el No, que formaron la Concertación. No les pueden decir que no son la «centro izquierda» si ellos fundaron la centro izquierda. Recurren a la memoria para no ser expulsados de ella.

Y precisamente en su memoria está el problema de sus contradicciones: no quieren reconocer dicha polaridad sincrónica está basada en la dictadura cívico-militar. Pinochet es el clivaje de las posturas que enuncian: el Sí y el No.

Todo esto ocurre en un país donde la Unión Demócrata Independiente está perdiendo relevancia; Renovación Nacional acuerda con la Nueva Mayoría la reforma electoral, con el objetivo de ganar plusvalía buscando nuevos amigos en las elecciones generales de 2017; Amplitud aspira a convertirse en la casa matriz de una centro derecha superada del pinochetismo (en teoría); la Democracia Cristiana está partida en dos entre la fusión socialcristiana-socioliberal y la socialdemocracia; Fuerza Pública aún vacila en constituirse como partido político; y el Partido por la Democracia y el socialismo buscan reafirmar sus cualidades socialdemócratas para llenar los espacios que actualmente están flanqueando Revolución Democrática y el Partido Comunista, merced al movimiento estudiantil.

Frente a este panorama, Velasco y Lagos Escobar buscan fijar una postura. Pero les incomoda ubicar sus posturas en el espectro político actual y prefieren perpetuarse en un clivaje que les resulta más complaciente, por cuanto la coyuntura los arroja a la derecha. Y tienen miedo de quedarse a la derecha.

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Lecturas

Loris Zanatta y la supresión del debate

El Populismo - Loris Zanatta


El planteamiento de posturas políticas en estas semanas plasma un problema característico del debate político.

En realidad, no.

Lo que nosotros llamamos «debate» no es estrictamente un «debate», sino un mero planteamiento de posturas, por cuanto nuestro espacio político prefiere tender al empate, en lugar de propender a un veredicto final sobre las posturas que se enfrentan. Esta lógica nos acerca más a la reducción de las posturas ideológicas a múltiples (?) puestos en una feria: usted puede probar el que mejor le plazca y usted elige por lo que cada postura anuncia. Como si la política fuera un roadshow. Y no: es debate. (De paso, ruego que lean este artículo que escribí en Paniko sobre el tema.)

 

¿Por qué nos pasa esto?

Loris Zanatta (italiano, profesor de la Universidad de Boloña, experto en temas latinoamericanos) propone en El Populismo, libro recientemente editado en español por Katz, la existencia de una inclinación prácticamente natural de los países latinos en ambos lados del Atlántico por un espacio político fértil para la existencia del populismo, del caudillo y del discurso refundacional.

¿Qué hace a los países latinos tan permeables al populismo? Según Zanatta, todo parte en los resabios católicos de nuestra cultura. «En la historia del catolicismo latino se destacan, en suma, dos elementos claves ya vislumbrados en el núcleo de los populismos: el imaginario orgánico, o sea una tradición basada en la uniformidad de la comunidad política, asegurada por la homogeneidad de la comunidad política, asegurada por la homogeneidad espiritual; y la perenne resistencia o reacción de esa comunidad a las corrientes extrañas que ella temía que la disgregasen» (Zanatta; 82). Lo anterior nos conduce a una suerte de inclinación natural hacia formas políticas que nos hagan participar de la ilusión de formar parte de un gran bando unitario.

Y, bueno, ¿en qué se parece a la realidad chilena un libro que habla sobre el populismo? Pues bien, para el italiano, los pueblos latinos se sienten más cómodos en un espacio público homogeneizante (ejem, el gen católico). Mientras en «el Occidente anglosajón el desarrollo de la democracia representativa ha permitido atenuar y canalizar el potencial destructivo del populismo favoreciendo procedimientos institucionales y códigos culturales dirigidos a transformar al enemigo en adversario, al Bien en algo excluido del régimen de monopolio y al conflicto social en un fenómeno fisiológico que se debe regular e institucionalizar, en el mundo latino esa transformación ha resultado y a veces todavía resulta más difícil y superficial» (Zanatta; 202).

Zanatta deja entrever que los países protestantes lograron su cohesión como estados nacionales a partir de la controversia en torno a la fe, Martín Lutero mediante. En cambio nosotros, pueblos herederos de una religión estrictamente codificada, no podemos vernos sino como participantes de un ente monolítico. Lo anterior abona el campo para estructuras corporativistas, mediante las cuales se promueve al más virtuoso y al más capacitado, dentro de las cualidades del hombre ideal delineadas por el espacio político correspondiente, pues «para el populismo, el pueblo será depositario de la soberanía solamente en una sociedad que recupere su unidad holística» (Zanatta; 31).

A diferencia de países con bases protestantes, en un país como Chile, no tenemos la costumbre de debatir la política, con lo cual se cae en el vicio de problematizar el debate y de acusar al otro de enemigo. Sentimos comodidad en la medida que exista un discurso común, que neutralice (o, derechamente, elimine) los elementos que lo subviertan, por cuanto «las divergencias de ideas terminan por convertirse en una expresión ilegítima de disenso, de inadaptación al mundo cultural, religioso, político y social de la mayoría del ‘pueblo’, entendida como todo el pueblo» (Zanatta; 113).

Entonces, el poder busca el control de las masas a través del surgimiento de un discurso unitario (tremenda novedad), al cual llama «su pueblo»: un pueblo basado en una abstracción de aspectos lindantes en la fe religiosa, desde el cual se prescriben márgenes dentro de los cuales podremos obtener la salvación, una salvación excluyente, so pena de caer en la seducción de proclamas «antipopulares» y sediciosas.

 

LA UNIDAD NACIONAL

Si bien Zanatta considera que la homogeneización sólo ocurre a través de una hegemonía amparada en un poder institucional oficial, esta estructura no pareciera ser diferente a los cantos de nuestro folclor que son interpretados por algunos de los partidos políticos que se disputan el poder oficial. ¿Por qué? Porque el discurso de «centro» o la búsqueda de la «unidad nacional» recurren a los mismos parámetros distorsionadores de la deliberación.

Permítanme proponer algo que no está en las palabras del autor, pero que puede llegar a concluirse por medio de la lectura de su obra: a partir de la vuelta a la democracia, en nuestro país, se ha tendido a alcanzar la convocatoria popular a través de una negociación que nos conduzca a un supuesto «justo medio» que nos garantice cohesión. Sin embargo, el «justo medio» no es más que un discurso homogeneizante. Factorizamos nuestra realidad y nuestro entorno, aplicando una fórmula que nos conduzca a un mínimo común: el «acuerdismo», modelo que nos expropia de la posibilidad de disputar mayorías derivadas de un debate, en vista de que en nuestro país las mayorías se aglomeran.

En consecuencia, (permítame, profesor Zanatta, seguir reinterpretándolo) el poder deja de tratarse de una búsqueda de mayorías, mirando la cara a la soberanía popular, y pasa a ser una aglomeración de mayorías, relativizando la soberanía popular.

Volvamos al patrón planteado por el italiano.

Primero, tenemos la tentación vocacional por la cohesión forzada, en nombre de la búsqueda por el objetivo común (entendida como nuestros discursos de «justo medio», el «consenso», el «centro», la «unidad nacional»).

Segundo, este objetivo común nos conduce a estructuras corporativistas desde las cuales se promueven equipos de tecnócratas que nos propondrán desde una autoproclamada neutralidad soluciones justas y razonables para nuestras políticas públicas: en rigor, se trata de personas afines o relacionadas a los fines de «El Ladrillo», provenientes de centros de pensamiento que abarcan (?) desde Libertad y Desarrollo hasta Cieplan.

Tercero, punto menos frecuente, como consecuencia del movimiento estudiantil de 2011, se estigmatiza y amenaza a los objetores de la neutralidad encarnada en las figuras del punto anterior, toda vez que se les considera «inadaptados».

 

LA REDENCIÓN

He ahí el daño colateral de la vocación por la unificación. Los objetores levantan una rebelión contra lo establecido previamente sobre los mismos parámetros de cohesión forzada y espíritu corporativista de sus propios contradictores. Quizá no busquen efectivamente el populismo, pero sí articulan un discurso mediante pretextos que les ayuden a erigir una verdad más verdadera que las demás. «El impulso redentor tiende a transformar los conflictos políticos en guerras religiosas, en un enfrentamiento entre la verdad absoluta y la palingenesia opuesta» (Zanatta; 199).

«El impulso redentor» lleva a estas organizaciones contrahegemónicas a anunciar con fervor eclesiástico que ellas sí son las portadoras de la verdad. La prédica de esta verdad se basa en la negación de un otro ajeno, sea el otro proveniente de la neutralidad del «acuerdismo» o el otro proveniente de expresiones contrahegemónicas que considere de menor nivel.

Cada agrupación objetora desdeña (o, por lo menos, desconfía) la democracia representativa y sus expresiones electorales, principalmente el Congreso Nacional y las formas como los políticos buscan llegar al Poder Legislativo. Cada agrupación preferiría una forma legislativa más cercana a su verdad, en la cual se excluya o minimice la deliberación de otras verdades, invocando la estatura moral de «sus» líderes, tal es el caso de los «líderes sociales» del imaginario de ciertos referentes de contrahegemonía de izquierda. A su vez, cada agrupación preferiría un gobierno corporativista en el cual los hombres más virtuosos que habitan en sus imaginarios determinen los quehaceres del país, en nombre del significante de «pueblo» al cual buscan reivindicar y salvar del emporcamiento.

La presencia de esta vocación por «la uniformidad de la comunidad política» limita el debate. Además, limita la posibilidad de convivir con un otro: si no nos gusta el otro, decidimos levantar un «nosotros» que niegue al otro. Retomando al autor (Zanatta; 29), vivimos el conflicto y las diferencias como si estas se tratasen de manifestaciones de debilidad.

Y no. Las diferencias son parte de nuestro espacio político. Estas diferencias se expresan en debates donde se enfrentan las posiciones y no simplemente plantear, como estamos habituados por temor al enfrentamiento. Además, ningún bando puede arrogarse el monopolio del Bien, pues dichos planteamientos inhabilitarán discrecionalmente a la contraparte por el solo hecho de expresar un disenso.

El debate debe ser restituido.


Loris Zanatta | El populismo | Katz Editores, Buenos Aires, Argentina, 2014. | 286 páginas, 11 x 17 cms.
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Ideología

Luis Larraín Arroyo: una mentira y un error

Las dos siguientes citas corresponden a la columna de Luis Larraín Arroyo, publicada ayer sábado en El Mercurio.

LA MENTIRA

«La propaganda de izquierda, muy apoyada por la línea editorial de varios canales de televisión y por el discurso de políticos variopintos, instaló a las empresas privadas, especialmente a las grandes empresas, como los mayores abusadores».

El director ejecutivo de Libertad y Desarrollo, fundación conocida por contar entre sus figuras con la economista María Cecilia Cifuentes (¿decir que ella participa de LyD cuenta o no como falacia ad hominem a estas alturas?), expresa algo falso: que la propaganda de izquierda fue «apoyada por la línea editorial de varios canales de televisión». Difícil que lo anterior ocurra en Chile, país en donde el apoyo, editorial o más allá de lo editorial, se concede desde lo semejante. Parafraseando a Óscar Contardo en «Siútico», la propiedad no conoce, sino que reconoce; y reconoce entre los suyos.

Es difícil que los canales de televisión (incluyendo a TVN, tradicionalmente inhabilitado de abanderizarse por alguna parte dentro de una pugna) apoyen editorialmente a la propaganda de izquierda. Y, a la inversa, tampoco existen canales de televisión de izquierda que faciliten la difusión de propaganda de izquierda; ni siquiera canales de televisión de centroizquierda.

Quizá Larraín Arroyo haya confundido la forma como se puede disponer de los medios de comunicación. No es lo mismo (cuestión A) prescribir propaganda a partir de los criterios editoriales de los propietarios de un medio que (cuestión B) insertar propaganda penetrando la porosidad de los criterios editoriales, instalando una idea desde afuera. La cuestión A es apoyo editorial; la cuestión B es spin.

¿Qué es el spin? El spin es un contenido preparado por una parte interesada, la cual aprovecha las instancias de difusión dispuestas por los medios para influir en la opinión pública y cambiar pareceres (es decir, «dar vuelta»; de ahí su nombre) en torno a la visión preexistente de una materia de interés.

Si Larraín Arroyo considera que los canales de televisión apoyaron «las ideas de izquierda» (sic) por cuestiones editoriales, quizá sea porque él no tiene el concepto de spin insertado como una forma posible de comunicación y, en consecuencia, estima que sólo se puede comunicar a través desde la propiedad de un medio (!).

EL ERROR

«La pretensión de que la gente va a preferir la educación (…) estatal a la privada es ilusoria. La idea de que las personas renunciarán a la libertad de elegir (…) para adscribirse a una suerte de fábrica uniforme de conciencias que rechaza las diferencias no tiene sustento».

La razón de ser de la educación pública se fundamenta en acoger dentro de sí la diversidad de costumbres y de realidades que se albergan dentro de un Estado. Por lo mismo, considerarla una «fábrica uniforme de conciencias» es erróneo. Primero, porque no es su propósito; segundo, porque concebirla como tal es oponerla a un proyecto educativo unidimensional, como los propios de la educación privada.

La distorsión de Larraín Arroyo debe estar la disyuntiva de si la diversidad reside en las instituciones o en las personas. Él debe pensar lo primero. Pero no. La diversidad basada en las instituciones tenderá a crear proyectos educativos cerrados y diferenciados, con el objetivo de brindar aspectos de distinción a quien haya elegido una institución por sobre otras. Eso que llama «libertad», al final, constriñe a los apoderados y a los estudiantes a un deber ser propio de la identidad (principalmente cerrada) de la institución.

Mientras tanto, la diversidad basada en las personas a través de una educación preferentemente pública permite la expresión de las diferencias, en lugar del enclaustramiento de las mismas en entornos de semejantes. Esto nos conducirá a educar principios de civilidad y respeto hacia estilos de vida ajenos a los propios.

Si la educación es la expresión de la sociedad que procuramos forjar, no resulta coherente ni funcional inculcar respeto, tolerancia e inclusión desde entes diversos cuyos principios son excluyentes de otros y cuya exclusión es actualizada permanentemente, por cuanto el «otro» existe en un lugar (un establecimiento) ajeno al propio. Al estar ajeno, no se le conoce y se le entiende desde una visión sesgada y, eventualmente, caricaturizada.

Eso que Larraín Arroyo llama «la libertad de elegir» desplaza la diversidad de personas hacia la diversidad de proyectos educativos. El problema político (en el sentido de «polis») está atribuirles cualidades orgánicas a «los proyectos», cuando en la vida real no lo son, pues no piensan ni son soberanos de sí mismos; ni siquiera respiran ni tienen hambre. Lo anterior sólo lo pueden hacer las personas. Y la educación debe ser lo suficientemente abierta e inclusiva como para poder enseñarlo.

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Ideología

Los fines del capital político

«Cuando tienen el Presidente más popular en muchas décadas, desperdician ese capital político promoviendo iniciativas para satisfacer a un grupo de adolescentes; a intelectuales nostálgicos y a activistas callejeros. (…) Nunca es tarde para mostrar algo de humildad y volver a los fundamentales que permitieron el progreso de nuestro país».

Gerardo Victorino Varela Alfonso, abogado y director de empresas, padre de familia y columnista mercurial de sábado por medio, dejó en su última columna un comentario que provoca una extraña impresión.

Separemos este enunciado en unidades seleccionadas.

«El presidente más popular en décadas», «capital político», «adolescentes, intelectuales nostálgicos y activistas callejeros», «humildad», «fundamentales» y «progreso».

Nos quedan seis unidades.

«El presidente más popular en décadas» (omitamos, por favor, la poca elegancia del columnista de no decir «presidenta») dice relación con el gran resultado electoral de Michelle Bachelet en la segunda vuelta de diciembre de 2013. Ese 62% entre quienes fueron a las urnas a elegir una alternativa fue abrumador y provocó perplejidad entre los sectores opositores.

Concediendo que ese respaldo es «popularidad», el cual se podría vincular con el concepto enunciado por Varela de «capital político», habilita a quien lidera a hacerse cargo del programa por el cual fue elegido.

Que el programa incorpore ideas de «adolescentes, intelectuales nostálgicos y activistas callejeros» no le quita peso en su ejecución, a pesar del matiz peyorativo de la enunciación enumerada, pues se trata de un programa legítimamente validado electoralmente y cuyas ideas siguen siendo mayoritarias hasta ahora, a pesar del surgimiento de grupos de interés de último minuto, como la CONFEPA. Además, mientras el rechazo a una iniciativa no ponga en entredicho la legitimidad del mismo gobierno para llevar a cabo su programa, como efectivamente ocurrió durante la administración de Sebastián Piñera a un año y medio de su asunción, un gobierno no tendría por qué preocuparse por satisfacer mayorías ajenas, en tanto que siguen siendo mayoría.

Si esas ideas contravienen los «fundamentales», quizá sea porque parte del espíritu cívico advenido con el movimiento estudiantil de 2011 consistió en revisar aquellos planteamientos, sus pecados de origen y sus conceptos de persona y ciudadanía. La restitución de una dignidad a través de la cohesión social, más que por el sálvese quien pueda, bien vale la demolición de semejantes «fundamentales» defendidos por el abogado. Y resulta un golpe bajo decir que este cuestionamiento lacerará el «progreso», pues este no puede ser entendido como un procedimiento único, basado en los principios del Ladrillo, como si el manifiesto divulgado en 1974 fuera el único orden natural posible.

Por lo tanto, la «humildad» no es algo que esté del lado de los adversarios del columnista, quienes han ocupado en buena ley los espacios dispuestos por el ejercicio político para poder proponer sus ideas y ganar desde ellas. La poca humildad es del abogado Varela, quien considera «natural» un orden levantado por una dictadura cívico-militar y cuya controversia resulta propia de individuos a quienes sólo puede figurar desde la caricatura: esos «nostálgicos», como si reivindicar la política económica de la dictadura no fuese una «nostalgia» en sí misma.

Para peor, Varela estima que un «capital político» sólo puede ser ejercido (o bien rentado, ya no importa) exclusivamente desde la demarcación propuesta por el orden ladrillesco, como si el «capital político» sólo valiera la pena si satisficiera a sólo un interés en particular, como si el «capital político» estuviera clausurado para su uso reformista, como si el «capital político» no fuera una forma razonable (en tanto que representativa) de aprovechar las instancias para deshacerse de los residuos de una dictadura (impuesta y no representativa).

Si no es para desarrollar proyectos políticos que pueden pugnar contra los intereses de un otro, ¿cuál es el fin de tener un «capital político»? ¿Acaso existe un «capital político» unificante? Porque, hay que decirlo, ese imposible sólo existe en las fantasías de quienes pretenden levantar órdenes corporativistas.

 

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Ideología

Gasto focalizado y demolición de la comunidad

Gratuidad en la educación, según la dictadura cívico-militar

[Ministerio del Interior. Programa socioeconómico 1981-1989. Santiago, Chile. 1981]


Téngase presente cómo se inserta a través de estos programas políticos la noción de gasto focalizado, mediante el cual la persona se convierte en portadora de las ayudas del Estado, a través de la demolición de las instituciones que nos hacen iguales entre nosotros, sin importar cuánto tuviéramos.

Para ello, se levantó un falso dilema: ¿Para qué darles a otros que sí tienen si renta más darle a otro que no tiene?

Este falso dilema demolió una noción de comunidad.

Acá terminó el concepto de contraprestación por los impuestos, con su consiguiente daño colateral: desconfiar de los impuestos cuando se llega a cierto nivel socioeconómico. Porque es evidente. ¿Por qué quiero pagar impuestos por algo que no voy a necesitar y que puedo pagarme yo mismo? Si no recibo nada, no vale la pena. Y el Estado se redujo. Y se redujo su recaudación. Y se redujeron sus servicios.

De esta forma, empezó el desplazamiento y la profundización de la segregación chilena: cuando se eliminó el concepto de comunidad, cuando llegó el gasto focalizado.

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