Ideología

Memoria de la persecución de las ideas

«Se equivocan quienes sostienen que Canal 13 cometió un error al difundir ese reportaje. Los medios tienen derecho (…) a emitir interpretaciones sobre los fenómenos sociales y a alimentar de esa forma el debate público».

El pasado domingo 14, Carlos Peña criticó a los críticos en su columna mercurial. Todo comenzó con un reportaje de Teletrece, a través del cual se buscaba inducir la asociación directa entre los colectivos anarquistas y la violencia contra la policía, coincidentemente el mismo día del bombazo en los locales comerciales junto a la estación de metro Escuela Militar. Para ello, se empleaba musicalización y edición conveniente, reafirmando una tesis por pura inducción y repetición, como si el director general de prensa del grupo 13, Cristián Bofill, quisiera imitar el estilo de Pedro J. Ramírez, el exdirector de El Mundo, conocido por inducir como fuera posible la vinculación de ETA con el 11-M de Madrid (hechos atribuidos por Al-Qaida).

Pues bien, se equivoca el profesor Peña al desconocer la existencia de un error.

En estos momentos, existen grupos políticos que se sienten perjudicados por el sesgo manifiesto de los editores del departamento de prensa de Canal 13. Y se sienten perjudicados porque sus ideas han sido empatadas con el terrorismo, encuadre mediante (es decir, la forma como se presenta la información a través de un medio), en un reportaje cuyas conclusiones se derivan empleando una interpretación cuyos caminos de la narrativa conduzcan a un juicio condenatorio contra una ideología, con el afán de desconfiarla, de desdeñarla y de perseguirla.

Nuestra historia tiene dolorosos antecedentes recientes de persecución por el solo hecho de abrazar y defender una creencia política, sean la dictadura cívico-militar de Augusto Pinochet en 1973 o bien la ley de defensa permanente de la democracia, también conocida como Ley Maldita, sancionada en 1948, durante el gobierno de Gabriel González Videla.

En este último caso, un gobierno sincrónicamente democrático eliminó de los registros electorales a militantes del Partido Comunista, a simpatizantes y a quienquiera se sospechara de su apoyo al comunismo. Asimismo, a sus líderes se les arrestó y/o relegó. En general, se les prohibió cualquier posibilidad de deliberación ideológica.

Este fue el primer gran amedrentamiento manifiesto de anticomunismo. Habido el Estado puesto la vara de la persecución de una ideología, paulatinamente, el anticomunismo militante consideró legítimo neutralizar desde la oficialidad a la amenaza por todos los medios posibles, siendo el momento cúlmine la mañana de un 11 de septiembre de 1973, día cuando se inaugura un periodo de persecución, castigo y exterminio arbitrario por el solo hecho de tener un pensamiento político.

Pues bien, la libertad de expresión limita con la memoria histórica.

¿Qué significa lo anterior? En vista de un vergonzoso legado de persecución ideológica, cuyos resultados son conocidos, no puede sino ser ofensivo emplear dichos o expresiones que reivindiquen incitaciones al odio, a la persecución y a la discriminación, sobre el prejuicio de un otro a quien se le acusa de romper un orden, motivo por el cual merece (por la sola proclama) ser despojado de sus libertades civiles, como si su propia disidencia dentro de un espacio público no importara (si fuera por eso, eliminemos todos los disensos por ser subversivos en sí mismos).

Un medio de comunicación no puede vender de forma tan leve, cual fuera una mera «interpretación sobre los fenómenos sociales», semejante amedrentamiento hacia una ideología. Contrariamente a lo indicado por el rector de la Universidad Diego Portales, no se trata de invocar «un derecho a un trato reverencial» hacia los anarquistas (o cuanto quiera agruparse tras tal denominación): detrás de los exhortos a la moderación editorial de Canal 13, existe un llamado a la no criminalización de una idea.

La mejor forma de «alimentar el debate público» es haciéndolo a partir de la reflexión en torno a nuestra memoria. No solamente deben provocarnos dolor las torturas y las muertes del pasado, sino también el germen del exterminio: las persecuciones ideológicas que siguen latentes hasta el día de hoy.

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En boca de muchos

La humillación del comunicado

Luego del atentado al centro comercial junto a la estación de metro Escuela Militar, empezaron a difundirse sucesivamente los comunicados de prensa de los diferentes partidos, grupos políticos y organizaciones manifestando su repudio al atentado.

Ya se está haciendo un hábito la profusa emisión de comunicados de prensa de repudio en cuanto ocurre algún hecho de violencia con presuntas bases ideológicas (casi siempre, de izquierda).

El problema no está en que una organización exprese su repudio. El problema está en el ambiente que conduce a ese comunicado: pareciera que hay movimientos (casi siempre, a organizaciones más allegadas a la izquierda) forzados por la fuerza de la opinión pública a emitir dicho repudio. Pareciera que el comunicado no busca informar el repudio, sino informar ante los medios de comunicación un desmentido. Como si el responsable del atentado estuviera ubicado entre quienes no publicaron su comunicado, mediante eliminación de sospechosos.

Como si no sonara lo suficientemente humillante, el comunicado debe emitirse lo más rápido posible, como si se tratara de un control preventivo de daños, para llegar primero a decir «lo repudiamos, ¡pero yo no fui!» La idea es no pagar el precio de quedar como apologistas por la idea de abstenerse de divulgar el repudio.

Para peor, el repudio debe ser expresado de forma simplona. Es imperativo decir «categórico rechazo», para no quedar entrampado en los matices. Porque el mensaje debe estar desprovisto de matices: lo más blanco posible, pues cualquier gris implica una mancha de negro.

En consecuencia, en momentos como estos, no se puede hablar de las razones de la violencia. Cualquier expresión contextual de la realidad cultural pasa a ser acusada ex ante de relativización del hecho sobre el cual se informa el repudio.

Y no pareciera cuestionarse por qué se ha naturalizado un discurso de repudio desprovisto de cualquier contextualización. No pareciera tenerse en cuenta que el repudio unívoco (como si todos los comunicados tuvieran que decir exactamente lo mismo) resulta totalitario.

Pareciera que discutir estos parámetros de repudio unívoco es una subversión (!), subversión que entorpece la comprensión del espacio público en el cual estamos. Y no. No es una subversión, sino denunciar una censura, pues las posibilidades del espacio público resultan ser más amplias que las de un simple «rechazo sin matices».

Simplificar hasta estos puntos la comunicación infantiliza a la ciudadanía.

Mientras más unívocos sean los planteamientos que fundamentan cada repudio, más se está avalando a una visión hegemónica y más se invisibilizan las complejidades detrás de una acción política controvertible.

En lugar de que los comunicados ofrezcan a los ciudadanos explicaciones de la realidad, ofrecen reduccionismos y caricaturas. Quienes están más a la izquierda, parecieran estar presionados por las fuerzas ubicadas más hacia la derecha, como si estas últimas estuvieran esperando cualquier posibilidad para acusar a sus contrapartes de ayudistas de un discurso violentista y terrorista.

Cada comunicado de repudio debe estar en la medida de las convicciones ideológicas de cada organización. Y los matices que cada organización proponga deben explicar a la ciudadanía por qué las cosas no son tan simples como parecieran ser. Y las contrapartes no deben usar estas explicaciones como una relativización de la violencia, sino como una fundamentación de las razones que nos conducen a la violencia. Las contrapartes, además, deberán evitar colaborar con la simplonería política, por lo cual les tocará abstenerse de calificar a estas explicaciones como apología de la violencia, pues eso no es más que una torcedura de la realidad convenientemente mañosa.

Es necesario que las expresiones de repudio incorporen mejores razones. Las ideologías no pueden sufrir la microagresión del prejuicio de la comunidad, alimentada por sectores más reaccionarios.

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Ideología

El miedo de quedarse a la derecha

LA EVIDENCIA

Andrés Velasco, lunes 26 de agosto, en Radio Cooperativa:

«Yo respeto mucho a Ignacio Walker y comparto con él gran parte de las críticas que ha planteado a la reforma tributaria y educacional. Así es que nuestro domicilio político es bien similar. (…) Mi domicilio es la centro izquierda, hemos buscado que la Nueva Mayoría acoja las ideas de centro, de modo que no se transforme en una alianza de izquierda donde algunos quieren echar mano a la aplanadora, retroexcavadora, para pasar por encima de quienes piensan distinto».

Ricardo Lagos Escobar, martes 27 de agosto, en seminario ICARE:

«Todo aquello que es concesionable, que se concesione. Y todo aquello que sea financiable por privados, que se libere».

 

LA DISTRIBUCIÓN

Un problema histórico en Chile ha sido la dificultad de delimitar el espectro político dentro de las ideologías que existen. De derecha a izquierda, trataré de enunciarlos en orden (quizá tenga a alguno desplazado de lugar: sepan perdonar la ignorancia). Tenemos el nacionalcatolicismo (es decir, el pinochetismo), el populismo de derecha, el conservadurismo, el socialcristianismo, el liberalismo, el socioliberalismo, la tercera vía, la socialdemocracia, el eurocomunismo, el comunismo, el autonomismo, el socialismo del siglo XXI, el trotskismo, el libertarismo, entre otros movimientos intermedios y a los extremos de cada uno de los enunciados. Insisto: no ubico todos los matices y no es una intención peyorativa el no divulgarlos; es sólo ignorancia.

Nuestro país tiende a la aglomeración ideológica. En consecuencia, el «centro político» se determina en la medida de cuántos grupos están dispuestos a aglomerarse en torno a una hegemonía, en lugar de disputarse los espacios de poder.

A partir de ese centro, se determina quién es la izquierda y quién es la derecha. O la centro izquierda y la centro derecha. El «centro», discursivamente, se arroga el sentido común (una expresión que alcanza para otro artículo) y el «justo medio» frente a las visiones polarizadas.

Si del liberalismo sin apellidos hacia la derecha, «El Ladrillo» mediante, se arroga el «justo medio», tenderá a ubicar sus posturas en la centro derecha e insistirán que están recurriendo a la aglomeración por el centro, del discurso del «sentido común». Por cuestión de bordes (el pinochetismo se agrupa a sí mismo en la «centro derecha»), no existirá la «extrema derecha» dentro del discurso, pero sí existirá la «extrema izquierda», esta última será una abstracción configurada como el monstruo (¡el cuco!) de quienes detentan el «justo medio».

Si nos involucramos con los parámetros OCDE, especulo que es posible que el socioliberalismo forme parte de la centro derecha y la gradiente derechista se mueva hacia los sectores previamente enunciados más conservadores. La tercera vía, por su parte, tomará el rol de centro. La socialdemocracia, mientras tanto, estará en la centro izquierda y la gradiente izquierdista se moverá hacia las sucesivas perspectivas.

 

EL DISCURSO

Entendido lo anterior, los discursos del excandidato presidencial Andrés Velasco y del expresidente Ricardo Lagos Escobar plantean una ubicación ideológica pretendida. Y, a su vez, cómo esta ubicación no se condice con la realidad. La duda razonable es por qué han insistido en el último momento en mantener una declaración de pertenencia que les es ajena en los hechos.

Velasco y Lagos Escobar buscan apropiarse de una interpretación semántica de «centro izquierda» para excluir otras visiones que buscan allegarse a ella, para evitar que otras opciones se apropien del amable concepto de «centro izquierda» y, eventualmente, evitar que estas otras visiones los arrinconen hacia la derecha.

Mientras Velasco expulsa en su enunciación lo que le parece discordante del concepto de «centro izquierda», Lagos Escobar invoca su doble militancia partidaria entre socialista e integrante del Partido por la Democracia y ejerce un principio de autoridad sobre su trayectoria política para afirmar que las concesiones son una cuestión razonable, ergo, propia de alguien que milite en la centro izquierda (o quizá más que sólo centro izquierda).

Por el lado de Velasco, él pareciera pretender reivindicar para la realidad chilena una polaridad más cercana a la estadounidense, en donde existen el Partido Republicano (todo cuanto podríamos meter dentro de la Alianza, rebautizada recientemente como Coalición por la Libertad Lamarque) y el Partido Demócrata, referente cuya frontera izquierdista está en la tercera vía. Esta polaridad se basa en la identidad de un país que ha unificado posturas en torno a un modelo económico en particular, así como las formas como el Estado distribuye la riqueza.

El problema de Velasco: su planteamiento no ha lugar. El exministro de Hacienda no puede clausurar la existencia de una socialdemocracia (y cuanto pensamiento político continúe a su izquierda) ni clausurar su derecho de participar en la discusión política con igual legitimidad, por puro capricho, por el principio de autoridad que algún ente le hubiera conferido o por el voluntarismo de hacer encajar una polaridad ideológica foránea a nuestra idiosincrasia. No puede arrogarse el «justo medio» (porque no existe) ni el «sentido común» (una falacia del hombre de paja, a estos efectos) para poder descalificar a sus interlocutores a la izquierda de la Nueva Mayoría.

Y Lagos Escobar dice estas palabras justo cuando desde el Ministerio de Salud se están controvirtiendo las concesiones hospitalarias, materia de interés para Obras Públicas; precisamente, la cartera la cual le sirvió de trampolín al expresidente.

En vulgar, a Lagos no le está gustando que le meen el asado de su legado político, del cual hace charlas alrededor del mundo: el legado de la relevancia de la tercera vía, una relevancia lo suficientemente fuerte como para poder cooptar a los partidos socialistas, en desmedro de los planteamientos socialdemócratas.

A través de sus expresiones, marca indirectamente distancia de la presidenta Michelle Bachelet y del discurso mayoritario de la Nueva Mayoría, desdeñoso de las concesiones y del Estado subsidiario. A su vez, Lagos insiste majaderamente en la reconciliación ideológica de ciertas izquierdas de cierto momento de la historia con los planteamientos de derecha (¿aló, Felipe González?), cual es la tercera vía.

 

SINCRONÍA Y DIACRONÍA

Recordando a Ferdinand de Saussure, existe lo sincrónico y lo diacrónico. Lo sincrónico corresponde a la lengua en el momento mismo de la enunciación y lo diacrónico, a la evolución de la lengua a través del tiempo.

Tanto en Velasco como en Lagos está la sensación de que el concepto de «centro izquierda» les es propio. Que el «no derechismo» les es propio. Ellos fueron parte de un concepto en un momento de la historia (lo sincrónico) y desearían que ese discurso proclamado de «estar en la (centro) izquierda» se mantuviera a través del tiempo (lo diacrónico), con el objetivo de preservar la legitimidad de su discurso.

El problema: la historia les pasó por el costado, mientras sus discursos se mantuvieron fijos, fosilizados. Derivado de lo anterior, se quedaron a la derecha de sus puntos de referencia; justo desde el momento cuando emergieron esas visiones de izquierda que se mantuvieron invisibilizadas durante sus tiempos de liderazgo. Por un lado, el socioliberalismo mantiene buenas relaciones dialécticas con el piñerismo; por el otro, la tercera vía ha sido cuestionada en el discurso de la Nueva Mayoría, actual ubicación (dentro de la polaridad sincrónica) de la centro izquierda.

En lugar de asumir que sus planteamientos se allegan más a la derecha, prefieren invocar el secuestro de la memoria: que fueron exiliados, que votaron por el No, que formaron la Concertación. No les pueden decir que no son la «centro izquierda» si ellos fundaron la centro izquierda. Recurren a la memoria para no ser expulsados de ella.

Y precisamente en su memoria está el problema de sus contradicciones: no quieren reconocer dicha polaridad sincrónica está basada en la dictadura cívico-militar. Pinochet es el clivaje de las posturas que enuncian: el Sí y el No.

Todo esto ocurre en un país donde la Unión Demócrata Independiente está perdiendo relevancia; Renovación Nacional acuerda con la Nueva Mayoría la reforma electoral, con el objetivo de ganar plusvalía buscando nuevos amigos en las elecciones generales de 2017; Amplitud aspira a convertirse en la casa matriz de una centro derecha superada del pinochetismo (en teoría); la Democracia Cristiana está partida en dos entre la fusión socialcristiana-socioliberal y la socialdemocracia; Fuerza Pública aún vacila en constituirse como partido político; y el Partido por la Democracia y el socialismo buscan reafirmar sus cualidades socialdemócratas para llenar los espacios que actualmente están flanqueando Revolución Democrática y el Partido Comunista, merced al movimiento estudiantil.

Frente a este panorama, Velasco y Lagos Escobar buscan fijar una postura. Pero les incomoda ubicar sus posturas en el espectro político actual y prefieren perpetuarse en un clivaje que les resulta más complaciente, por cuanto la coyuntura los arroja a la derecha. Y tienen miedo de quedarse a la derecha.

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