En boca de muchos

La oposición social

Recuerden en los tiempos cuando Pablo Longueira era el candidato de la UDI a las primarias presidenciales (antes de renunciar; después de que la opción a La Moneda de Laurence Golborne se volviera inviable, tras las cuentas detectadas en un paraíso fiscal). Entonces, el exministro de Desarrollo Social Joaquín Lavín declaraba la razón por la cual Longueira era mejor que Andrés Allamand.

«Allamand apunta al centro político, en cambio Pablo apunta al centro social».

Los dos son el «centro». ¿Pero de qué se habla cuando se habla del «centro»? Se habla, primero, de la vocación aglomerante que habita las mentes de nuestros políticos más conservadores; segundo, de ubicar a través de un lugar en el espectro político el «sentido común», «el justo medio». El autoproclamado «centro» instrumentaliza el eje izquierda/derecha para definir una polaridad alternativa, como si dicho «centro» fuera el prisma desde el cual se descomponen los colores de las variaciones ideológicas. En consecuencia, los autoproclamados pueden perfectamente entroncar el «conservadurismo» con cuestiones de «neutralidad» (ejem, El Ladrillo), «objetividad» y «racionalidad».

Ahora bien, los mismos autores de esta cómoda y privilegiada posición en el espectro político han inaugurado un nuevo concepto: «la oposición social».  Esta expresión surgió en un seminario ocurrido el lunes pasado en el antiguo Congreso Nacional de Santiago, en el cual participaban principalmente figuras vinculadas a la Alianza y, particularmente, a la Unión Demócrata Independiente.

¿Qué quiere decir la invocación a lo «social»? Recurriendo a Lavín-hablando-de-Longueira, lo «social» es una oposición a lo «político». Nuevamente, una polaridad artificial levantada por los prismas arrogados. ¿En qué consiste esta polaridad? En que lo «político» es algo desconectado de lo «social». Lo «político» sería la discusión técnica, de cuya ocupación deben hacerse cargo «los expertos», voto de confianza (ciega y permanente) mediante de la comunidad; mientras tanto, lo «social» se trata de lo comunitario y lo doméstico. En consecuencia, en el lexicon aliancista, lo «social» se reduce a la búsqueda de la empatía forzada como procedimiento burocrático.

Precisamente, esta férrea delimitación los dejó perplejos.

Expresiones como «oposición social» no significan tanto por lo que afirman, sino por lo que niegan. Esta enunciación esconde la sorpresa de los líderes opositores al ver a «la gente» preocupada de «lo político», de esas cosas más complicadas cuyas decisiones solían dejar a la determinación y confinamiento de «los expertos». Como si les sorprendiera la existencia de un electorado más allá de las dádivas de campaña y el clientelismo. Como si les sorprendiera la posibilidad de organizarse en cuanto se tiene conciencia de horizontalidad. Como si les sorprendiera una organización social como la CONFEPA (cuyo ruido, en todo caso, ha perdido bastantes decibeles conforme han pasado las semanas), defendiendo los ideales de derecha.

Volviendo a la perplejidad, surge una pregunta: ¿Acaso, hasta ahora, jamás habían visto a la ciudadanía como un par? ¿Por eso están sorprendidos?

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En boca de muchos

Legisladores todoterreno

«Conocer el terreno».

Esta frase sintetiza la glorificación del relato en primera persona en la política, como si el político transmutara en héroe legendario en estado de travesía. Esta frase complace una noción desdeñosa de «los papers» y de la «política de escritorio», pues éstos nublan la comprensión de la realidad, sobre supuestos lindantes con el «yo lo vi; no me lo contaron». Para el diputado Felipe Kast, por ejemplo, se trata de la pega más enriquecedora como legislador.

Pues bien, y lamentablemente para Kast, la comprensión de los problemas de la gente puede tener una utilidad en tanto que se tengan las competencias académicas y disciplinarias para poder entender los problemas de la gente (un sociólogo o un trabajador social disponen de herramientas metodológicas para comprender la realidad y poder elaborar algo a partir de esa comprensión). Más aún tratándose de un legislador, quien necesita rigurosos trasfondos técnicos y filosóficos para poder sustentar los proyectos de ley que desee proponer.

A diferencia de un alcalde, un legislador no puede determinar acciones para una comunidad tan directamente. Lo de un legislador no se trata de gestionar la instalación de luminarias o el levantamiento de una plaza: el campo de la responsabilidad de su cargo implica, ejem, la legislación. Y a un congresista le toca una pega más abstracta. Y no es algo opcional, sino la razón de ser de su investidura.

Esta percepción del «terreno» como lo concreto termina vinculando semánticamente al «escritorio» como lo abstracto. A partir de este punto, surgen distorsiones comprensivas que afectan el rigor argumental de las autoridades políticas. Formuladas como preguntas, a saber:

¿Se puede decidir una política pública y sugerir sobre la misma solamente a partir de las percepciones de la gente? ¿No tenderán esas percepciones a ser sesgadas complacientemente por el operador político a cargo del acto mediante el cual el legislador tendrá contacto con la gente?

¿Invocar «lo que me dice la gente» no termina siendo un circuito de reafirmación de lo concreto, de que sólo hay lo que se ve y nada más, por encima de cuestiones más abstractas, como la filosofía detrás de una política o el ethos de las personas afectadas por una política determinada existente o potencial?

¿No termina siendo toda esta reafirmación de lo concreto la erección autocomplaciente de un «sentido común» que separe a otras ideas y a otros planteamientos, por estar ajenos de lo «concreto» y así acusarlos de «ideologizados», como si se tratara de una amenaza a la voluntad por cohesionarse en torno a un discurso sensualmente consensual?

¿La política en primera persona no termina siendo (por presión social de «lo deseable» en la figura de un político) la búsqueda de la empatía forzada como un procedimiento burocrático, cual danza de apareamiento entre el legislador y su pueblo, sea este el de su territorio o el de otro?

Citaré las palabras del senador de Renovación Nacional Manuel Ossandón, publicadas en su página de Facebook.

«Ayer estuve en Punta Arenas por el día y la experiencia recogida fue extraordinaria. Me invitaron porque se inauguraba la sede de RN de esa ciudad, pero aproveché la oportunidad y le pedí (sic) a los organizadores que me llevaran a una junta de vecinos pues sé por experiencia que ahí sí podría conocer la realidad de los puntarenenses. La verdad no me equivoqué. (…) La conversación queridos amigos me dejó con más ánimo para trabajar, por mi experiencia como alcalde sé que la calle es lo que me permitirá no meterme en esa burbuja en que muchas veces los políticos se instalan».

Veamos las unidades que se vinculan con lo señalado anteriormente.

  • «Experiencia recogida»: la travesía del héroe.
  • «(Ir a equis lugar para) conocer la realidad»: afirmación y reafirmación de lo concreto.
  • «No me equivoqué»: reafirmación de que la creencia es la correcta.
  • «La calle es lo que me permitirá no meterme en esa burbuja»: definirse por oposición a cuanto es considerado «política de escritorio»; reafirmar el desdén hacia lo abstracto.

Las cualidades «todoterreno» de los legisladores procuran delimitar una superioridad moral en base a la experiencia propia. Sin embargo, esto equivale a considerar que cualquier intento de acumulación de relatos sin mayor metodología e insumo teórico que la intuición puede calificar como investigación. Nada muy distinto a las «investigaciones» de Pilar Sordo.

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Ideología

La nueva contradicción vital de la derecha

«Lo que importa es tener claro que postular por una institución y renunciar al otro día, es traición. Si hubieran postulado solos, no serían diputados».

Estas fueron las palabras con las que Manuel Ossandón, senador de Renovación Nacional por Santiago oriente, se refirió en revista Capital a la fuga de exfiguras de su partido hacia el movimiento Amplitud.

En efecto, la formación de referentes políticos entre elecciones afecta la estabilidad del alineamiento político durante una legislatura, cuando el referente político surge como una escisión de un partido preexistente. No creo que sea traición, como dice Ossandón, pues cada quien (o cada «quienes») tiene el derecho de disentir en torno a una decisión de mesa del partido, máxime cuando una dirigencia pone a sus militantes contra la espada y la pared.

En efecto, si hubieran postulado solos, no serían congresistas (o cualquier autoridad electa: pensemos en alcaldes, concejales o consejeros), pues el partido les prestó a muchos de ellos la visibilidad para poder hacerse de una candidatura y hacerse elegibles.

¿Cuál es el problema entonces?

En la precampaña presidencial de 1999, el entonces exalcalde de Las Condes Joaquín Lavín transmitió un pensamiento sobre la política que se expandió a la opinión pública permeando incluso a la Concertación de esos días (y en los años posteriores): votemos por personas, no por el color político.

Esta práctica llevó al político a sentirse dueño de sus propios votos, de representar nada más que al pueblo que lo eligió. Se levantó una suerte de «independentismo», una asepsia ideológica que redujo al político a un dechado de virtudes, en lugar de proveerlo de cuestiones filosóficas un poco más complejas. Esto nos condujo a una matriz de decisión electoral basada simplemente en la confianza y en la gestión.

Un buen día, la cola de Carlos Larraín botó el perchero antes de cerrar la puerta de Renovación Nacional. Y cuando botó el perchero, se cayeron descolgados tres diputados recién reelectos y una senadora en la segunda mitad de su periodo. Los descolgados se agruparon en un movimiento, proclamando principios de renovación respecto de un partido que se les hizo cada vez más ajeno.

En efecto, el transfuguismo afecta los alineamientos (y, eventualmente, la estabilidad: por ejemplo, los colorines, durante el primer gobierno de Michelle Bachelet) de una legislatura.

No obstante lo anterior, fue la misma Alianza la que levantó el discurso del «independentismo», un discurso que pasó de los partidos a un candidato, una autoridad, un individuo: se personalizó la política y, con ello, también se crearon caudillos. Sin ir más lejos, de esta práctica se benefició el mismo Manuel Ossandón, cuando ganó la alcaldía de Puente Alto en 2000, cuando por todo el país el excandidato llamaba a que en cada comuna hubiera «un alcalde para Lavín».

¿Acaso Manuel Ossandón se cansó del propio discurso que lo hizo levantar una carrera política? ¿Se cansó de la forma como ganó elecciones desde 2000 hasta el escaño senatorial obtenido en noviembre pasado? Dejo planteada la próxima contradicción vital de la Alianza.

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