Ideología

Una alternativa que son dos

Estas son dos preguntas de la encuesta Cadem Plaza Pública que se divulga semanalmente.

  • «En general, ¿usted está de acuerdo o en desacuerdo con el proyecto de reforma tributaria?»
  • «En general, ¿usted está de acuerdo o en desacuerdo con la reforma a la educación del gobierno?»

Las alternativas son «de acuerdo» y «en desacuerdo». No hay más.

Pero hay un problema. El desacuerdo puede provenir por dos razones diferentes: porque se está en desacuerdo con que exista una reforma o bien porque la reforma no es lo suficientemente exhaustiva. Y es grave, pues una encuesta de opinión pública (instrumento que debería medir sensaciones de la opinión pública) debería delimitar de forma más precisa las percepciones de la ciudadanía en torno a un tema.

El desacuerdo, así planteado, desconoce las dos oposiciones planteadas, mismas que son las dos oposiciones al gobierno de Michelle Bachelet. La omisión de la encuesta, sea deliberada o accidental, pareciera afirmar y reafirmar que el desacuerdo sólo estriba en la oposición a cualquier reforma. Además, existen partes interesadas que procurarán agrupar en los números del desacuerdo al interés derechista en cuanto a que no ojalá no existiera ninguna reforma. Y eso es falso. Y, además, engañoso, pues invisibiliza a quienes rechazan las reformas por no ser suficientes, a quienes no se sienten representados por la repentina moderación del gobierno.

El sondeo Cadem Plaza Pública debería revisar la formulación de las alternativas de estas preguntas si no quiere favorecer un sesgo ideológico.

 

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Ideología

Los fines del capital político

«Cuando tienen el Presidente más popular en muchas décadas, desperdician ese capital político promoviendo iniciativas para satisfacer a un grupo de adolescentes; a intelectuales nostálgicos y a activistas callejeros. (…) Nunca es tarde para mostrar algo de humildad y volver a los fundamentales que permitieron el progreso de nuestro país».

Gerardo Victorino Varela Alfonso, abogado y director de empresas, padre de familia y columnista mercurial de sábado por medio, dejó en su última columna un comentario que provoca una extraña impresión.

Separemos este enunciado en unidades seleccionadas.

«El presidente más popular en décadas», «capital político», «adolescentes, intelectuales nostálgicos y activistas callejeros», «humildad», «fundamentales» y «progreso».

Nos quedan seis unidades.

«El presidente más popular en décadas» (omitamos, por favor, la poca elegancia del columnista de no decir «presidenta») dice relación con el gran resultado electoral de Michelle Bachelet en la segunda vuelta de diciembre de 2013. Ese 62% entre quienes fueron a las urnas a elegir una alternativa fue abrumador y provocó perplejidad entre los sectores opositores.

Concediendo que ese respaldo es «popularidad», el cual se podría vincular con el concepto enunciado por Varela de «capital político», habilita a quien lidera a hacerse cargo del programa por el cual fue elegido.

Que el programa incorpore ideas de «adolescentes, intelectuales nostálgicos y activistas callejeros» no le quita peso en su ejecución, a pesar del matiz peyorativo de la enunciación enumerada, pues se trata de un programa legítimamente validado electoralmente y cuyas ideas siguen siendo mayoritarias hasta ahora, a pesar del surgimiento de grupos de interés de último minuto, como la CONFEPA. Además, mientras el rechazo a una iniciativa no ponga en entredicho la legitimidad del mismo gobierno para llevar a cabo su programa, como efectivamente ocurrió durante la administración de Sebastián Piñera a un año y medio de su asunción, un gobierno no tendría por qué preocuparse por satisfacer mayorías ajenas, en tanto que siguen siendo mayoría.

Si esas ideas contravienen los «fundamentales», quizá sea porque parte del espíritu cívico advenido con el movimiento estudiantil de 2011 consistió en revisar aquellos planteamientos, sus pecados de origen y sus conceptos de persona y ciudadanía. La restitución de una dignidad a través de la cohesión social, más que por el sálvese quien pueda, bien vale la demolición de semejantes «fundamentales» defendidos por el abogado. Y resulta un golpe bajo decir que este cuestionamiento lacerará el «progreso», pues este no puede ser entendido como un procedimiento único, basado en los principios del Ladrillo, como si el manifiesto divulgado en 1974 fuera el único orden natural posible.

Por lo tanto, la «humildad» no es algo que esté del lado de los adversarios del columnista, quienes han ocupado en buena ley los espacios dispuestos por el ejercicio político para poder proponer sus ideas y ganar desde ellas. La poca humildad es del abogado Varela, quien considera «natural» un orden levantado por una dictadura cívico-militar y cuya controversia resulta propia de individuos a quienes sólo puede figurar desde la caricatura: esos «nostálgicos», como si reivindicar la política económica de la dictadura no fuese una «nostalgia» en sí misma.

Para peor, Varela estima que un «capital político» sólo puede ser ejercido (o bien rentado, ya no importa) exclusivamente desde la demarcación propuesta por el orden ladrillesco, como si el «capital político» sólo valiera la pena si satisficiera a sólo un interés en particular, como si el «capital político» estuviera clausurado para su uso reformista, como si el «capital político» no fuera una forma razonable (en tanto que representativa) de aprovechar las instancias para deshacerse de los residuos de una dictadura (impuesta y no representativa).

Si no es para desarrollar proyectos políticos que pueden pugnar contra los intereses de un otro, ¿cuál es el fin de tener un «capital político»? ¿Acaso existe un «capital político» unificante? Porque, hay que decirlo, ese imposible sólo existe en las fantasías de quienes pretenden levantar órdenes corporativistas.

 

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