Ideología

Reaccionar como un cuerpo

«La economía responde con celeridad a las señales, las buenas y las malas».

Estas fueron las últimas palabras de la columna quincenal del economista y exministro del gobierno anterior Juan Andrés Fontaine. Fontaine se hizo conocido estos días, junto con su hermano Bernardo, por haber participado en la famosa «cocina» de la reforma tributaria.

Ordenemos este enunciado en lo que es conocido como el esquema oracional básico: «Alguien responde a algo así». «Alguien», el sujeto, la economía. El «algo», las señales, entendidas como estímulos. Y «así», el modo, refiere a la celeridad.

Pues bien, la respuesta a un estímulo varía según la complejidad de cuanto se estimule. Mientras más complejo, más demorará en reaccionar. Si se trata de una cuestión social, en la cual muchos intereses están en juego, las partes que se sientan más beneficiadas por un estímulo estarán más dispuestas a reaccionar que las partes que se sientan perjudicadas por éste. Menuda perogrullada.

Si un ente responde con celeridad, debe ser porque su complejidad es menor. ¿Qué puede ser lo más simple? Un sistema con menos implicancias. Un sistema orgánico. ¿Entonces? En vista de la celeridad, quizá el estímulo provoca una reacción orgánica, como si se tratara de un cuerpo humano, cuyos esfínteres no requieren de una tercera persona para su funcionamiento. La celeridad depende de cuán simplificado sea un sistema.

Si la economía reacciona con celeridad, en consecuencia, reacciona como un cuerpo, reacciona en simplificado. Reacciona mediante decisiones en formateado, a través de un encadenamiento de pensamiento entre ideología, teoría y práctica que funcionan en estricta sincronía y unanimidad: elemental corporativismo.

Lo anterior, lleva consigo un conflicto. La economía (entendida como un cuerpo, reinterpretando la frase de Fontaine) debe rendir cuenta de sus cualidades unificadas y estandarizadas en un espacio público donde existen posiciones en controversia y donde existe la posibilidad de disentir. Si la economía corporativista reacciona en un disenso neutralizado, queda una inquietud implícita: ¿El espacio público debe rendirse ante la unanimidad del sujeto economía y supeditar sus decisiones en torno a esa unanimidad o bien controvertir su unanimidad y exhortar al sujeto a que participe de las controversias que existen afuera de su ecosistema normalizado?

En la primera alternativa, la proclamada por Fontaine y sus adláteres, el espacio público debe supeditarse al sujeto economía y la política debe operar desde la economía. En la segunda, la economía debe moldearse en función de la política y la economía debe funcionar desde el espacio público. Sin embargo, la economía forma parte del espacio público, por lo cual estas dos alternativas representan un falso dilema, pues la primera alternativa funciona como una aduana del pensamiento y la deliberación política, clausurando debates que se consideren unilateralmente extemporáneos a la técnica del sujeto economía (es decir, a su normalización, a su ethos corporativista).

La celeridad no se lleva bien con las divergencias políticas. ¿Cuántas discusiones nos ahorramos en el allanamiento de un fast track para el sujeto economía? ¿Cuántas posturas quedan aisladas en virtud de complacer a pareceres unificantes? ¿Es razonable ahorrarse discusiones?

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Ideología

Cecilia Morel y la educación

Estos son fragmentos de una entrevista dada por la ex primera dama Cecilia Morel a la revista Caras en su última edición.

UNO

«Los grandes avances del país han ocurrido cuando estamos unidos. Después de la Guerra del Pacífico, tuvimos una tremenda oportunidad con la explotación de minerales en el norte y, sin embargo, antes de diez años, estábamos en una guerra civil».

Es preocupante que Cecilia Morel celebre la existencia de una cohesión nacional por motivo de una guerra contra un enemigo exterior. De partida, en ocasión de guerra, el enemigo exterior se convierte en algo más importante que las coyunturas internas de un país, por cuanto agota la lista de prioridades y la propaganda se orienta en torno al propósito de renunciar (transitoria o permanentemente) a las miserias locales.

Lo anterior, sin contar que «estar unidos» es sólo una forma enmascarada de clausurar el debate en torno a una visión única, preferentemente guardiana de un conservadurismo o una hegemonía preexistente.

DOS

«Todos queremos mejorar la educación, que al país le vaya bien, pero para eso se necesita un camino, una visión».

En primeras, Morel vuelve a tocar la tecla del punto anterior: la unidad, el camino único, clausuran el debate reservándolo este arrimado a la sombra alguna expresión hegemónica, con desdén hacia otras posibilidades ideológicas y con desdén, además, hacia la representatividad potencial o actual de esas mismas posibilidades.

Esto resulta preocupante, pues en caso de que las otras posibilidades tengan mayor representatividad (a través del Poder Ejecutivo o el Legislativo) que la hegemonía preexistente, las otras posibilidades quedarían interdictas de efectuar cualquier reformismo, independientemente del mandato electoral que se les haya conferido.

Validar esta perspectiva implica avalar formas fraudulentas de sobrepasar y, eventualmente, traicionar la soberanía popular.

En segundas, las condiciones de enunciación de la frase «(queremos) que al país le vaya bien» se basan en emisores más proclives a una ideología de derecha. No es extraño, pues Cecilia Morel es efectivamente una persona de derecha. (¡Oh, Capitán Obvio!)

Establecer una observación con este enunciado tiene que ver con la intención con la cual este se emite. Por lo general, «queremos que al país le vaya bien» porta consigo consignas que priorizan el crecimiento de la economía por sobre políticas redistributivas. De hecho, esta concepción ideológica está acompañada por la asunción de que «no hay mejor política social para un país que el crecimiento económico», un aserto que ha sido expresado –matices más, matices menos– por figuras como Pablo Longueira («la mejor política social es el empleo para la gente. La gente lo que quiere es trabajo y eso es lo que les va a dar [Joaquín] Lavín cuando sea presidente»; Longueira, 2003) o Patricia Matte («el crecimiento económico constituye la política de la superación de la pobreza más importante»; Matte, 1994, p. 92).

TRES: Pregunta de la entrevistadora, Paula Palacios

«Están en plena negociación de la reforma. ¿Primará la postura ideológica o llegarán a consenso?»

Esta pregunta pone en evidencia que las expresiones controvertibles no necesariamente pueden provenir del entrevistado, sino que también de quien entrevista.

La periodista participa consciente o inconscientemente de la dialéctica de Morel, acusando la existencia de una «postura ideológica». Definir al otro como «ideologizado» consiste en una oposición peyorativa hacia una postura más allegada a un «sentido común» inocente y naturalizado.

El primer error está en esta separación entre «sentido común» e «ideología», ya que comete la barsedad de desconocer que los principios tenidos por obvios y naturales son también una ideología, encima conservadora en tanto que «naturalizada» por una cultura, parafraseando a Gilles Lipovetsky.

El segundo error está en la negación del otro, descalificado ex ante de la deliberación política institucional bajo la falacia de estar «ideologizado», como si el supuesto «ideologizado» no pudiera llevar a cabo sus propósitos aun cuando tuviera la legitimidad emanada de un resultado electoral de una elección general, tal como se indica en la primera parte del punto dos, a partir del dicho de Morel.

El tercer error está en la definición del «consenso», teniendo en consideración los supuestos anteriores. Si la contraparte está interdicta de ejercer su poder (mayor o menor, según su distribución legislativa y/o ejecutiva) y si no existe otra postura más allá que la del sentido común, el único consenso existente provendría de una visión que desconoce a las otras que le controvierten, es decir, sería un consenso totalitario, una «retroexcavadora» de tintes matonescos.

CUATRO

«Si la educación pública fuera de calidad como en otros países, con autonomía de los directores para crear un proyecto educativo, no necesitaríamos educación privada».

De partida, llama la atención que Cecilia Morel proponga «la autonomía de los directores para crear un proyecto educativo» como garantía de su argumentación. ¿Acaso la autonomía para delinear un proyecto educativo es condición sine qua non para lograr educación de calidad? ¿Acaso dicha autonomía opera cual Rey Midas, volviendo dorada la educación? Esta supuesta garantía es controvertible en tanto que irrelevante.

Eliminada la garantía, la frase nos queda así: «Si la educación pública fuera de calidad como en otros países, no necesitaríamos educación privada».

En lugar de ir a «otros países», quedémonos con la realidad local. ¿Por qué existe en Chile una opción masiva hacia la educación privada o la educación subvencionada? Hasta la fecha, hemos necesitado la educación privada como hemos necesitado una forma de separarnos de nuestros vecinos y de otras clases sociales, a partir del poder adquisitivo y del capital cultural, delimitando márgenes de referencia. A través de las posibilidades que les otorga el mercado educacional, los padres tienen la libertad de elegir aspectos relevantes como infraestructura y el tipo de apoderado con el cual quieren relacionarse en las reuniones. La calidad, en consecuencia, pasa a cumplir un papel secundario en la toma de decisiones de los padres, quienes detentan actualmente el derecho de elegir la educación de sus hijos.

Si las educaciones privada y subvencionada se eligen principalmente por diferenciación más que por calidad, la expresión de Morel cae en el non sequitur, es decir, la preferencia por «la educación privada» no es concurrente con la «educación pública de calidad de otros países», a menos que para la esposa de Sebastián Piñera el significante (es decir, la imagen acústica con la cual asociamos una palabra o grupo de palabras) de este último término cumpla con alguna de las variables estéticas que orientan la elección preferente de los padres hacia las educaciones privada y subvencionada.

CINCO

«Si bien la integración es súper importante, no se solucionará con esta reforma (educacional) porque, lamentablemente, tenemos un problema de segregación geográfica, de barrios».

El enunciado de la ex primera dama se puede invertir, partiendo por el planteamiento que ella hace de un problema, el de la segregación. El problema de la segregación, como cualquier otro, precisa de soluciones. De hecho, ella misma afirma que «la integración es súper importante». Entonces, se puede plantear sin pervertir el espíritu de las palabras de Cecilia Morel que la segregación se termina con integración.

Si la segregación se termina con integración, para acabar con lo primero hay que profundizar lo segundo.

Si, recurriendo a la objeción propuesta en el punto cuatro, las educaciones privada y subvencionada se eligen principalmente para diferenciarse (ergo, segregarse) de un otro desde lo híperlocal hacia lo general, precisamente esa elección resulta la causa que la política pública oficial busca combatir. Dicho de otro modo, la solución al problema que ella enuncia en este punto pasa por que tome conciencia de los alcances ideológicos y culturales de la frase que se cita en el punto cuatro.

Sorprendentemente, a través de sus esperanzas y su diagnóstico, Cecilia Morel se tropieza con el discurso del adversario. Si logra decantar estas contradicciones, es posible que en su discurso personal surja una curiosa disyuntiva.

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